Malas
calles:
la
absolución de los pecados
según Scorsese
Los
pecados no se redimen en la iglesia.
Se hace en las calles, se hace en casa.
El resto es una mierda y yo lo sé
Martin
Scorsese
Son
pocos los realizadores que han alcanzado la fama de inmediato
con su primera incursión cinematográfica. La gran
mayoría se ha visto obligada a rodar cortometrajes e incluso
largometrajes que han tenido una escasa distribución comercial
antes de darse a conocer ante el gran público. Dentro de
este grupo, hallamos a una de las figuras más destacadas
del cine americano moderno: el cineasta neoyorquino Martin Scorsese.
Pese a que, a principios de los setenta, esta joven promesa ya
había filmado tres cortometrajes y dos largometrajes (Who's
That Knocking At My Door? y Boxcar
Bertha), no fue hasta 1973, con la exhibición
de su film Malas calles en
la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, que Scorsese
alcanzó su primer reconocimiento internacional.
Para
la realización de su primera película importante,
Scorsese rescató del olvido un antiguo proyecto titulado
Season Of The Witch que había
redactado en 1966 junto con su compañero de estudios y
futuro colaborador Mardik Martin. Originariamente, el guión
formaba parte de una trilogía sobre la ciudad de Nueva
York más concretamente sobre el barrio de Little
Italy, donde se crió Scorsese que jamás llegó
a completarse, ya que sólo se llegaron a rodar las dos
primeras entregas: la ya citada Who's
That Knocking At My Door? (1969) y la presente Malas
calles (1973).
Para la puesta al día del proyecto y con vistas a conseguir
dinero suficiente para que los productores lo financiasen, fue
necesario introducir algunas modificaciones y añadiduras
en el guión (como la célebre escena de la pelea
en el salón de billar). Finalmente, con la ayuda económica
de Francis Ford Coppola, Roger Corman y Jonathan Taplin manager
de Bob Dylan y The Band, el rodaje se pudo llevar a cabo
y la Warner se hizo cargo de la distribución de la cinta.
La
educación como seminarista que Scorsese recibió
en su juventud ha sido un factor que ha dejado una huella permanente
en toda su obra desde sus mismísimos orígenes. Por
lo tanto, las obsesiones religiosas que, poco después,
dieron lugar a historias de culpabilidad moral y redención
tan populares como Taxi Driver
(1976) o Toro Salvaje (1980)
no podían dejar de estar presentes también en Malas
calles.
La
acción de la película se desarrolla en el neoyorquino
barrio de Little Italy durante las fiestas de San Gennaro. Tras
los títulos de crédito, el film se abre con la presentación
de los cuatro principales protagonistas con sus respectivos
nombres sobreimpresos en la pantalla. Todos ellos son amigos y
figuras representativas de la vida urbana en el barrio: el primero
de ellos, Tony (David Proval), es el propietario del bar donde
se reúnen; el segundo, Michael (Richard Romanus), es un
gangster de poca monta que se dedica al contrabando; el tercero,
Johnny Boy (Robert De Niro), es un joven rebelde e imprevisible,
de carácter infantil e irreflexivo, que debe dinero a todo
el mundo; y el cuarto, Charlie (Harvey Keitel), es el sobrino
de un importante capo mafioso, que, gracias a este parentesco,
goza de gran respeto y popularidad entre la gente. Pero, en realidad,
Charlie es el eje articulador de todo el relato y una especie
de alter ego del propio Scorsese en un sentido espiritual.
Por eso, el cineasta focaliza la narración de los hechos
desde la perspectiva de Charlie y nos lo presenta, por vez primera,
rezando su penitencia en una iglesia. Esa actitud del personaje
se extrapolará, a partir de ese momento, a casi todas las
acciones que lleve a cabo y, en consecuencia, cada una de ellas
cobrará un carácter religioso y sacramental.
Hay
dos personajes más, aparte de los ya mencionados, que son
importantes para comprender la actitud del protagonista de la
historia y el desarrollo de los acontecimientos: se trata de Teresa
(Amy Robinson) y Giovanni (Cesare Danova), respectivamente, la
novia de Charlie y el tío a quien antes se ha hecho alusión.
Teresa es prima de Johnny Boy, hacia el cual Charlie siente la
obligación de responsabilizarse aceptando este cometido
como un acto de penitencia más auténtico que la
oración. En realidad, Charlie, desde buen principio, manifiesta
la necesidad de imponerse él mismo una penitencia para
expiar sus propios pecados porque duda del efecto redentor de
las palabras. A su vez, Teresa, pese a su parentesco con Johnny,
no le tiene ningún aprecio, por lo que Charlie se ve escindido
en su intento de aproximarse a estos dos personajes. Las cosas
adquieren un carácter más complejo cuando el tío
de Charlie le aconseja mantenerse lejos de ambos para conservar
su propia integridad, de la que tiene que hacer gala si desea,
en el futuro, ser dueño de un restaurante que actualmente
supervisa Giovanni. Pero la dificultad que tiene Charlie para
mantenerse simultáneamente a los dos lados supera su capacidad
de sacrificio: le resulta imposible responsabilizarse de las deudas
de juego de Johnny y hacer frente a su relación sentimental
con Teresa sin comprometer su valioso porvenir como socio en los
negocios de su tío. Su papel de intermediario entre Michael
y Johnny por el asunto de los pagos se le revelará como
la cruz más dura de sobrellevar de cuantas se ha impuesto.
Incapaz de hacerse cargo de las culpas ajenas, Charlie verá
fracasar ese propósito personalmente autoimpuesto a través
del cual intenta alcanzar la redención de sus propias faltas.
El
excéntrico principio sobre el que Martin Scorsese trata
de asentar las bases de un catolicismo poco ortodoxo en la práctica
resulta muy eficaz para retratar con brillantez un alma mortificada
por el peso de las reglas de los bajos fondos. En modo alguno,
podemos hablar de Malas calles
como de un simple film sobre mafiosos, aunque sea el mundo de
la mafia el que se nos brinde como telón de fondo. A estas
alturas y con más de treinta años de carrera cinematográfica
a sus espaldas, Martin Scorsese ya tiene más que demostrada
su habilidad para combinar cualquier tipo de argumento con sus
propias preocupaciones religiosas (hecho presente incluso en remakes
como El cabo del miedo). Por
otra parte, no es de extrañar que Malas
calles se convirtiera en una obra revolucionaria desde
el momento de su estreno ya que su innovadora puesta en escena
incluye desde largos planossecuencia de cámara en
mano muy difíciles de rodar hasta un montaje de ritmo endiabladamente
ágil, sin olvidar la originalísima superposición
de la voz en off sobre las imágenes o la significativa
utilización de temas musicales en la banda sonora. La improvisación
de escenas también tuvo un importante lugar en la película:
la conversación entre Charlie y Johnny Boy en el almacén
del bar fue improvisada por Keitel y De Niro, así como
algunos gestos de este último durante la citada pelea en
la sala de billar.
Las
dificultades a las que tiene que hacer frente todo cineasta joven
introdujeron un elemento paradójico en la filmación
de esta historia: por razones presupuestarias, una película
que hablaba sobre la gente de Nueva York se acabó rodando,
en su mayor parte, en Los Ángeles. De este modo, de los
veintisiete días de rodaje, veintiuno tuvieron lugar en
esta última ciudad los correspondientes a los interiores
y a algún exterior nocturno difícil de identificar,
mientras que tan sólo seis tuvieron a Nueva York como escenario.
Afortunadamente, esos días fueron aprovechados para filmar
los exteriores de la procesión y las fiestas de San Gennaro
del todo tradicionales en Little Italy, gracias a lo cual apenas
se hace perceptible el cambio de ciudad al ver la película.
Una película que, por otra parte, no ha hecho más
que consolidarse, con el paso de los años, como una de
las obras cumbres de la filmografía de Scorsese a la vez
que tuvo la suerte de contar con un magnífico reparto,
encabezado por unos jovencísimos Harvey Keitel y Robert
De Niro absolutamente brillantes en sus respectivos papeles.