15
octubre 2002

 

Carlos
Giménez

  Soria


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Danzad, danzad, malditos:
retrato de la depresión
de los años 30
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15
octubre 2002

Carlos
Giménez

   
Soria


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Danzad, danzad, malditos:
retrato de la depresión de los años 30

 

—¿Por qué la has matado? —preguntó el policía que estaba sentado junto a mí.
—Ella me lo pidió.
—¿Lo has oído, Ben?
—Es un chico muy servicial —dijo Ben por encima de su espalda.
—¿Ese es el único motivo que tenías? —preguntó el policía.
— ¿Acaso no matan a los caballos? —respondí.

(Fragmento final del libro ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy)

 

En 1897 nacía cerca de Nashville (Tennessee) el novelista de serie negra Horace McCoy, que, con el paso del tiempo, se convertiría en cronista de uno de los episodios más oscuros de la historia de los Estados Unidos: la Gran Depresión de los años 30. La publicación, en 1935, de su obra más reconocida, They Shoot Horses, Don't They?, fue reivindicada desde Francia por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, que vieron en ella el más claro exponente del existencialismo en Norteamérica. McCoy fallecería veinte años después, pero su novela conservaría para la posteridad todo su valor como testimonio social de una época que sumió a un país entero en la desesperación.

La relevancia de este hecho histórico quedó grabada en el subconsciente norteamericano de tal modo que el interés por exorcizar los espíritus del pasado renació a finales de los años 60 cuando, a raíz de los acontecimientos del Mayo Francés, se alzó en todo el mundo una voluntad de conciencia contestataria. Dentro de ese marco, Sydney Pollack, un cineasta joven perteneciente a la llamada "generación de la televisión", recuperó la novela de McCoy para llevar a cabo una crítica a la sociedad de su momento (marcada de nuevo por conflictos ideológicos como la Guerra de Vietnam) a través del recuerdo de aquellos trágicos hechos acaecidos algo más de treinta años atrás. El resultado fue una película que recibió una calurosa acogida mundial tanto por parte de la crítica como del público y que, a pesar de mantener el título original de la obra de McCoy, en España fue estrenada con el nombre de Danzad, danzad, malditos (1969). ¿El motivo? El film relata un hecho muy específico de cuantos se produjeron en los años de la Depresión USA: los maratones de baile que se organizaron a lo largo del país con el falso propósito de ofrecer una esperanza a una multitud de ciudadanos que padecían hambre, desempleo y falta de dinero.

La acción se sitúa en 1932 y nos muestra la llegada a California de unas personas ilusionadas con la idea de hacerse un pequeño hueco en la industria del cine o simplemente de superar las difíciles condiciones de vida. Con ese objetivo, se inscriben por parejas en un maratón de baile donde, a cambio de siete comidas diarias, alojamiento y asistencia, se ven obligados a bailar durante días y días -con derecho a periodos de descanso escandalosamente breves- para poder conseguir el importe de 1500 dólares con que se premiaba a los ganadores. La gente acudía diariamente para ver "bailar" y participar en carreras de fondo a sus parejas favoritas, promoviendo así la proliferación de un tipo de espectáculo grotesco que retrataba las miserias humanas de una nación sumida en una crisis tanto existencial como socioeconómica.

Pollack ofrece una visión claustrofóbica de aquel periodo a través del drama individual de cada concursante. La galería de personajes que desfila ante nuestros ojos proporciona un surtido de los más diversos obstáculos con que los miembros de una sociedad se habían de enfrentar a la cruda realidad de la vida. Todo ello con el propósito de convertir la suma de todas las tragedias personales en el reflejo de una gran tragedia colectiva.

La narración destaca, sobre todo, a una pareja de cuantas participan en el maratón: la que componen Gloria Beatty (Jane Fonda) y Robert Syverton (Michael Sarrazin) que nos proporcionan la mirada del ciudadano débil frente a la visión de los organismos poderosos que está encarnada en la figura del maestro de ceremonias (Gig Young, merecidísimo Oscar de Hollywood al Mejor Actor Secundario). La perspectiva de Gloria es puramente desesperanzadora, debatiéndose continuamente entre la angustia de verse sometida a vejaciones y la necesidad de seguir en el concurso para intentar superar las penurias de un momento de crisis tan opresivo. Respecto a ella, la actitud inicial de Robert es bastante más optimista: Robert es un muchacho que repara en detalles que escapan a los de la mera vida social, que es capaz de gozar del sonido del oleaje y de los rayos del sol que se filtran por un pequeño ventanal situado en lo más alto del recinto de baile. Junto a ellos, otros concursantes como James (Bruce Dern) y Ruby (Bonnie Bedelia), un matrimonio que espera la inminente llegada de un bebé, nos hacen reflexionar sobre la vertiente más dura de la bancarrota americana, ya que, para ellos, abandonar es una alternativa impensable dada la necesidad que tienen de mantener al futuro hijo con el dinero del premio. Dos personajes más juegan un papel importante a la hora de mostrar el lado más dantesco de este espectáculo: Alice (Susannah York) y el marinero (Red Buttons). La primera se presenta al concurso elegantemente vestida con el propósito de llamar la atención de los magnates de Hollywood que se dejaban caer por allí con la intención de buscar nuevos rostros para la gran pantalla. El segundo es el participante de mayor edad, antiguo marine inscrito en el maratón para poder subsistir -como tantos otros- en un entorno social que oprime al hombre común. Su muerte al ralentí durante una de las carreras influirá de un modo definitivo en el estado anímico de Alice, que es víctima de una crisis nerviosa en el cuarto de baño de las mujeres. Ambos momentos inciden en la actitud de Gloria y de Robert de tal modo que los aproxima cada vez más hacia una postura nihilista a medida que avanza la película.

Por su parte, Rocky Gravo, el maestro de ceremonias, introduce el elemento más cínico y moralmente devastador de la película. Su perspectiva es la del hombre sin escrúpulos que, ofreciendo al público del concurso un show que degrada tanto a quien lo ve como a quien participa y conociendo la actitud implícitamente perversa que se cierne sobre ello, continúa adelante con la función, porque su papel no es el de un moralista sino el de un hombre de negocios que sabe bien los beneficios que se recogen mostrando a todo el mundo las miserias humanas a cambio del pago de un billete de entrada. Pero tampoco podemos librar de culpas a los espectadores, pues, al fin y al cabo, es para ellos que se realiza el concurso, no para los participantes. La contemplación del mismo les hace sentirse menos desgraciados, les ayuda a mantener alejada la mente de sus propias preocupaciones -económicamente menos graves- y a justificar su status a través de la imagen de otros que padecían penurias superiores a las suyas.

Con este amplio mosaico de situaciones y personajes, Pollack trata de comprometer la actitud del espectador del film provocando un sentimiento de rechazo más que lógico hacia una situación que, durante dos horas, no hace otra cosa que aumentar el grado de angustia hasta alcanzar el paroxismo más absoluto. En su voluntad por llevar a cabo esa misión, el discurso de Danzad, danzad, malditos llega a hacerse en ocasiones algo redundante. Redundancia que, por otra parte, está justificada por la insistencia de Pollack en crear una atmósfera que exprima al público del mismo modo que son exprimidos los protagonistas de la película.

El espíritu existencialista tanto del film como del libro quedaría, por tanto, plasmado por la vía del pesimismo agónico que conduce la vida de las personas a un callejón sin salida: en este caso, el del suicidio. La progresiva aproximación entre Gloria y Robert a la que antes hacíamos mención lleva a ambos a identificarse en su modo de valorar la existencia. En las postrimerías del film, sus mentes están tan interconectadas que la actitud de Gloria es rápidamente comprendida por Robert. Ella está harta de la inmundicia de la vida y desea acabar de una vez por todas, pero ahora no es necesario que explique nada a su compañero porque él ya lo entiende. Incluso se presta a ayudarla cuando a ella le falta el valor para dispararse en la sien. Sin embargo, la justificación del suicidio no tiene, en esta obra -tanto en la versión literaria como en la cinematográfica-, el relieve que trataban de buscarle los existencialistas franceses. Pollack y McCoy comparan el acto de matar a una persona que está sufriendo con la acción de sacrificar a un caballo herido. Es más, Sydney Pollack muestra en imágenes esta acción paralelamente a la muerte de Gloria haciendo un símil demasiado evidente aunque efectivo. No obstante, la respuesta al interrogante existencial se nos antoja algo simple y, si su efecto resulta impactante, se debe gracias a todo lo que hemos tenido posibilidad de contemplar a lo largo de la película. Todo el tono opresivo y desolador que arrastra el relato y que es mostrado de modo contundente por Pollack, a través de una gran dirección de actores y del difícil ejercicio de reincidir en una misma situación hasta que su evolución en un espacio único la transforma desde algo aparentemente lúdico en sus orígenes hasta la realidad agónica del final, confirma el talento como realizador de Pollack y la perennidad de esta obra que, sin lugar a dudas, consta entre las más importantes de su autor.

 

Carlos Giménez Soria

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