Frenético:
un Polanski infravalorado
Una
de las cosas más inquietantes que existen para mí
es la ausencia repentina de un ser querido
Roman Polanski
La
vertiente cinéfila de Roman Polanski le ha conducido, en
ocasiones, a abordar el cine de géneros, ya sea con el propósito
de homenajearlo (La semilla del diablo)
como de parodiarlo (El baile de los vampiros).
Tras el estrepitoso fracaso comercial de Piratas
(1986), un proyecto concebido a mediados de la década de
los setenta pero llevado a cabo demasiado tarde, el cineasta franco-polaco
se planteó la posibilidad de regresar a un tipo de género
que no había abordado desde el rodaje de Chinatown
(1974): el cine policiaco. El resultado de este regreso fue Frenético
(1988), película que, con frecuencia, ha sido injustamente
infravalorada dentro de la filmografía de su autor.
Sin embargo, conviene fijar muy bien los límites que separan
estas dos aproximaciones a un mismo género. En Chinatown,
el propósito de Polanski era recuperar el cine negro americano
de corte más clásico, recurriendo a una estética
decididamente retro y a un tipo de relato muy deudor de la literatura
de Raymond Chandler o Dashiell Hammett. Con Frenético,
por el contrario, Polanski se sumerge en el thriller recuperando
el carácter obsesivo y claustrofóbico de obras como
Repulsión o El
quimérico inquilino.
Frenético narra el viaje
a París del doctor Richard Walker (Harrison Ford) y su esposa
Sondra para asistir a un congreso internacional de Medicina. La
pareja ya había estado años atrás en la capital
francesa con motivo de su luna de miel, pero un hecho accidental
convierte esta nueva estancia del doctor Walker en una auténtica
pesadilla: su esposa es secuestrada sin un móvil aparente.
El inicio de la película no presenta ningún tipo de
anormalidad en su planteamiento. La pareja llega al Grand Hotel,
pide la llave de su habitación, es amablemente atendida por
el conserje y el botones, se instala cómodamente y mantiene
la clásica conversación matrimonial. Pero, mientras
Richard Walker se ducha, su esposa recibe una llamada telefónica
desde el vestíbulo del hotel y baja a atenderla. El público
no se percata de ninguna irregularidad porque el punto de vista
de la cámara está situado dentro de la ducha donde
Richard Walker se está aseando, por lo tanto, todo parece
de lo más natural. Sin embargo, el hecho de que vaya transcurriendo
el tiempo y su mujer no aparezca genera intranquilidad dentro de
una situación que se había iniciado de un modo absolutamente
cotidiano. La extraña conducta de su esposa impulsa a Walker
a preguntar por ella en recepción y una serie de pistas -el
hallazgo de un brazalete, la declaración del conserje que
afirma haber visto a Sondra salir del hotel en compañía
de un hombre- le inducen a pensar que ha sido secuestrada. Es a
partir de ese momento que la situación da un giro imprevisto
para el protagonista. De inmediato, se da cuenta de que se haya
en un país extranjero, donde la gente habla una lengua distinta
a la suya y donde no conoce a nadie. Incluso la policía y
el consulado americano no toman en serio a Walker porque creen que
su mujer puede haberse ido con otro hombre por voluntad propia.
A partir de ese instante, la ciudad se transforma en un entorno
pesadillesco que incrementa el estado de ansiedad en que se halla
el protagonista. Walker tan sólo tiene un punto de partida
para iniciar la búsqueda de su esposa: un número de
teléfono anotado en una caja de cerillas. Ello le hará
entrar en contacto con Michelle (Emmanuelle Seigner), una chica
toxicómana que ha venido en el mismo vuelo que Walker y cuya
maleta se ha intercambiado accidentalmente con la de Sondra.
Polanski demuestra su talento para la elaboración de una
intriga por medio de la autenticidad de los detalles con que va
sembrando la trama. La precisión con que aparecen uno tras
otro, enlazándose y formando un rompecabezas que se compone
ante nuestros ojos, refuerza la credibilidad tanto del argumento
como de la justificada angustia de Harrison Ford por hallar a su
mujer. Todos estos detalles nos conducen a lo que Hitchcock llamaba
"McGuffin", que no es más que un objeto que sirve
de pretexto para construir toda una trama. En Frenético,
el McGuffin es un detonador atómico que se haya oculto
dentro de una figura que reproduce la Estatua de la Libertad. Esta
figura que contiene el McGuffin ofrece mucho juego porque,
por un lado, es un símbolo importante del país de
origen de Walker, y, en ese sentido, se muestra como una ironía
perversa. Por otra parte, hay una determinada escena en la película
en la que Harrison Ford despierta en un barco y contempla boca arriba
la reproducción de la Estatua de la Libertad que hay en París
a orillas del río Sena. Esta visión aumenta la confusión
del protagonista porque, al ignorar la existencia de dicha reproducción,
apenas sabe ya dónde se encuentra.
La utilización de un McGuffin para poner en movimiento
todo un mecanismo de intriga pone de manifiesto un evidente homenaje
de Polanski al cine del "mago del suspense", Alfred Hitchcock.
Pero el homenaje no despersonaliza en absoluto la película
de Polanski, donde priman siempre la ansiedad y la angustia a la
que está continuamente sometido el protagonista.
Otra hábil estrategia para jugar con el espectador es incluir
en el argumento a una compañera de aventuras. Aunque Walker
no abandona jamás la tenacidad que le caracteriza en su empeño
por recuperar a Sondra, el personaje de Michelle introduce, en este
triángulo, una interesante tensión erótica
a la que Walker permanece completamente ajeno, si bien simpatiza
con Michelle y le parece una mujer atractiva. Es el público
quien se ve conducido al terreno de dicha tensión a través
de las exquisitas sugerencias que introduce Polanski. Una escena
en particular hace las delicias de este comentarista: aquella en
que Walker y Michelle acuden al club "A Touch of Class".
Ella lleva un vestido rojo como el de la esposa de Walker y, mientras
esperan a los hombres que tienen secuestrada a Sondra, Michelle
conduce casi a rastras a Walker hasta la pista de baile. Al ritmo
de una canción de Grace Jones, la chica se pone a bailar
poniendo de manifiesto toda su felina sensualidad. Se convierte
en el blanco de todas las miradas masculinas, tanto de aquellos
hombres que están bailando con sus respectivas parejas como
de aquellos que permanecen sentados. Sin embargo, Walker se siente
contrariado, demasiado preocupado aún para disfrutar en un
momento así y deseoso de recuperar a su mujer, estado que,
por otra parte, es constante en él a lo largo de la película.
Por lo tanto, la lógica del personaje que encarna Harrison
Ford se opone a la voluntad de deseo que queda reservada para el
espectador, a quien Polanski no duda en convertir en un auténtico
voyeur.
Con un guión tan admirablemente construido -fruto de la novena
colaboración entre Polanski y Gérard Brach-, el más
que confirmado talento del cineasta franco-polaco para la puesta
en escena y todos los atributos mencionados más arriba -además
de un sorprendente Harrison Ford, que logra con creces transmitir
el estado anímico que se precisa en cada momento-, a un servidor
le resulta difícil pensar que Frenético
se trate tan sólo de una obra discreta dentro de la filmografía
de su autor. En mi opinión, se trata más bien de una
obra de incuestionable valor que conviene reivindicar cuanto antes.
Mientras
tanto, los cinéfilos esperamos con ansia el estreno de El
pianista, la adaptación para la gran pantalla
de la novela autobiográfica de Wladyslaw Szpilman con la
que, después de cuarenta años de trayectoria profesional,
se premió el pasado 26 de mayo con la Palma de Oro del Festival
de Cannes a Roman Polanski por su pericia al plasmar en imágenes
unos hechos tan abominables como los que padeció el pueblo
judío en el gueto de Varsovia a manos del ejército
del Tercer Reich cuando el cineasta era tan sólo un niño.
Es el colofón ideal para homenajear una de las filmografías
más valiosas de las últimas cuatro décadas.
©
Carlos
Giménez Soria
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