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Annie
Hall:
25 años
de un
clásico
Hacer el amor
contigo
es una experiencia
kafkiana
Shelley Duvall a Woody Allen
en Annie Hall
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En
1977, Woody Allen dejó a un lado su habitual faceta de gagman
para llevar a cabo una labor de madurez y realizar la que fue considerada
como su primera película "seria": Annie
Hall. Han transcurrido ya 25 años desde el estreno
de esta película y la admiración de los cinéfilos
por ella sigue manteniéndose tan fresca como el primer día.
Después de una serie de comedias no exentas de un sentido
del humor al estilo del Hollywood más burlesco (Toma
el dinero y corre, Bananas,
El dormilón), emparentado muy directamente con
la comicidad del absurdo y la verborrea de los Hermanos Marx, Allen
tomó de nuevo la cámara para transformarla en canalizador
de sus experiencias personales. La cámara adquiría
un nuevo significado: se convertía en un objetivo ante el
cual el propio cineasta era capaz de mostrarse al desnudo, de forma
casi impúdica, como si se tratara de un streap-tease. Para
un servidor siempre ha resultado fascinante el modo en que Allen
es capaz de revelar su vida personal al espectador, de narrarle
sus experiencias profesionales y conyugales, de abrirle paso a través
de su propia persona.
Annie Hall nos narra las experiencias
de Alvy Singer, cómico de music-hall y alter ego
del propio Allen, desde su inquieta infancia hasta el presente de
la película, justo cuando acaba de romper con su actual pareja.
La muchacha es una joven aspirante a cantante, tan insegura y psicológicamente
inestable como él y, quizás por eso, se atraen. La
actriz que encarna este personaje es Diane Keaton, seudónimo
de Diane Hall o de Annie Hall, si ustedes lo prefieren. Alvy la
conoce a través de un amigo y, aunque aparentemente no tiene
nada en común, congenian. Es el eterno dilema de las relaciones
humanas en su exponente cinematográfico más brillante.
Inicialmente no comparten gustos ni aficiones: Alvy es un hipocondríaco
obsesionado con la muerte, paciente habitual del mismo psicoanalista
desde hace quince años, enemigo de las fiestas multitudinarias,
amante del cine denso y del existencialismo, y un hombre en continuo
conflicto con su origen hebreo; por el contrario, Annie es una chica
de mundo, que utiliza un vocabulario de instituto, que sabe tanto
del cine de Ingmar Bergman como de la literatura de Thomas Mann
(es decir, nada), que disfruta alternando con la gente y que fuma
marihuana antes de hacer el amor. Aún así lo pasan
bien juntos: para Annie resulta agradable y divertido convivir con
las excentricidades de Alvy, y para Alvy resulta estimulante estar
con una mujer tan dispuesta a reír con su sentido del humor
y a compartir su afición por la vida tranquila, su idea de
la miseria humana y su pasión por las películas documentales
sobre el Holocausto. Pero hemos hablado de relaciones humanas y
quien más o quien menos sabe lo complejas que éstas
resultan. Hacia ahí es donde Allen conduce este personal
análisis de su propia vida, solitaria y neoyorquina: hacia
el campo de batalla en que puede convertirse una relación
sentimental.
Allen no pone fronteras en su afán por liberarse catárticamente
de lo que para él han supuesto sus dos fracasados matrimonios
y los problemas que, por aquel entonces, atravesaba en su relación
con Diane Keaton. El substrato de la película es, por lo
tanto, su propia experiencia sentimental y el guión está
compuesto de fragmentos de cada etapa de su vida: desde su educación
en la escuela o en el seno de su familia hasta su personal descubrimiento
del terreno sexual, pasando por su formación como cómico,
su devoción por el cine, su preocupación por el ser
y la nada y su obsesión por el antisemitismo.
La película se abre con el archiconocido primer plano frontal
de Allen que se dirige a nosotros para narrarnos cómo ve
su propia vida (con cuarenta años a sus espaldas) y el modo
en que le ha afectado la ruptura de su relación con Annie.
La progresión del film nos conduce por todo un desarrollo
de situaciones que nos parecen, sobre todo hoy en día, muy
propias de la forma de pensar del director. Como he dicho anteriormente,
Allen se sincera con nosotros, como si estuviese deseoso de contarnos
sus problemas, pero a todo esto hay que hacerle ciertas objeciones.
Ni Allen es tan franco con nosotros como parece ni su visión
de las relaciones humanas es tan pesimista como podría deducirse
de lo dicho hasta ahora: incluso en las obras de los cineastas más
honestos, la intimidad del artista siempre permanece a buen resguardo
porque, como es lógico, la voluntad de crear no puede llegar
hasta el extremo de comprometer el territorio privado del individuo.
Por eso, Allen utiliza el sentido del humor como arma para enfrentarse
a la escritura de algo personal, filtrando exclusivamente lo que
el autor cree que es necesario plasmar para llevar a cabo su ejercicio
de autocatarsis y reservándose así su espacio íntimo.
Conocemos, pues, de Allen lo que Allen desea que conozcamos de él,
ni más ni menos. Pero, con todo, ya es mucho.
Recurrir a la comicidad es el modo más natural que tiene
este cineasta de distanciarse respecto a los problemas y las inseguridades
que, tarde o temprano, atenazan a todo intelectual. A diferencia
de su idolatrado Bergman, Allen es capaz de reírse de la
complejidad de los grandes enigmas de la vida humana. No obstante,
un año después de Annie Hall,
el cineasta neoyorquino rodaría un film dramático
de poderosas resonancias bergmanianas: Interiores.
Este film, atípico y de gran dureza, fue muy mal acogido
por el público y la experiencia de aproximación al
cine de autoanálisis más severo no volvería
a repetirse de un modo tan directo.
Además del problema de las relaciones conyugales, hay en
Annie Hall otros elementos que convierten esta historia de amor
en un relato de contenido abiertamente irónico e, incluso,
mordaz. A tal efecto, resulta inevitable citar la escena en que
Alvy Singer hace aparecer de detrás de un cartel publicitario
al sociólogo Marshall McLuhan para que rebata las estupideces
del clásico intelectual neoyorquino, pedante y engreído,
cuya aparición se ha hecho ya habitual en los films de Allen,
y también es obligado aplaudir ferozmente ese desternillante
y paranoico sentido del humor con que este heredero de la comicidad
de Groucho afronta las dudas existenciales, la naturaleza de los
sentimientos humanos y las absurdas experiencias de la vida.
Ya me perdonarán -espero-, pero a un servidor le resulta
imposible despedirse de esta obra sin mencionar la reflexión
final que hace Alvy Singer después de reencontrarse con Annie
al cabo de algún tiempo de haber finalizado su relación.
E incluso les confesaré que se trata de uno de esos momentos
que me han hecho permanecer absorto en la bútaca del cine,
con los ojos fijados en la pantalla, largo rato después de
que la sala de proyección se hubiese vaciado. Sólo
confío en que el paso del tiempo trate tan bien a esta película
como lo ha hecho estos últimos 25 años.
Alvy
(voz en off): No
obstante, volví a verla. Volví a ver a Annie. Fue
en la parte alta del Oeste de Manhattan. Había vuelto a Nueva
York. Vivía en el Soho con un chico y, cuando la vi, lo estaba
arrastrando a ver el documental La Pena y la piedad, así
que lo tomé como un triunfo personal. Annie y yo almorzamos
poco después, y hablamos de los viejos tiempos. Después
se nos hizo tarde: los dos nos teníamos que marchar, pero
fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa
que era y de lo divertido que era tratarla, y recordé aquel
viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: "Doctor,
mi hermano está loco. Cree que es una gallina". El doctor
le contesta: "¿Lo ha llevado a un médico?".
Y el tipo le dice: "Lo haría, pero necesito los huevos".
Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones
humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales, locas y absurdas,
pero... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la
mayoría, "necesitamos los huevos".
©
Carlos
Giménez Soria
Filmografía
de Woody Allen y fotogramas de sus películas en:
http://members.tripod.com/bestfilms/woody.htm
Carteles
de cine en: http://royshort.com/BestPix.htm
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