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Smerdiákov
o
el deicidio de un idiota.
.
. .nunca. . .hubo para el hombre. . .
nada
más intolerable que la libertad.
.
. no hay para el hombre
preocupación más
grande
como la de encontrar cuanto
antes a quién entregar ese don de la libertad. . ..
F.
M. Dostoyevski
El
escándalo lamentablemente se ha convertido en el peor de
los clichés de la sociedad burguesa. O dicho de otra manera:
el escándalo se ha aburguesado y ha perdido el efecto de
impresionarnos. Parece ser que ahora se busca el escándalo
por el escándalo mismo para que pueda impactar el rating
de la televisión y no como la consecuencia de una experiencia
radical con Dios (con la muerte, con la locura, con la libertá,
o con el amor). El escándalo se nos ha convertido, entonces,
en el objeto de lujo del mercado literario en donde lo espiritual
(ese escándalo real de la sociedad capitalista) ha sido erradicado.
El escándalo también ha sido vaciado de su aspecto
político y moral o se ha pretendido llenarlo con una política
amorfa de mercado, o con una amoralidad que pueda servir de moda
a esa sociedad de la frivolidad que nos consume en la imagen misma
de su vacío. La sociedad demokrática y desespiritualizada
pretende convertirse en el escándalo mismo de ser. La sociedad
se presenta a sí misma en el discreto encanto de las vitrinas,
o como el sustituto radical de Dios. Pero para que este
escándalo burgués (el rock, la droga, las discotecas,
la moda, lo trivial, el cliché, lo cursi, el fingir, el disimulo
mismo, el simulacro, etc.) resulte efectivo tiene que ser al mismo
tiempo, y aunque los hombres anónimos no lo noten, derivado
de
la angustia, de la copia y de la ética maquiavélica
de la propaganda. Ante este acontecer del escándalo falso
al poeta no le queda más remedio que resistirlo desde la
Gracia, o desde una postura estética que colinde con la locura.
La angustia de la originalidad (o la originalidad de la angustia--el
contenido de las formas y las formas ampliándose para poder
albergar un contenido insólito--) acontece radical y poetamente
contra el fingimiento dramático de los galanes
del mercado.
Smerdiákov
se vio en los ojos de Iván.
El
escándalo antes de ser escándalo filosófico
o literario (poético o
metafísico), antes de ser conciencia, conceptualización,
etc., ha tenido que ser el desgarramiento de la vida misma, el desgarramiento
de la carne, o el desgarramiento político del alma. Si no
hay este escándalo de lo sacro en medio del nihilismo, si
no hay este intersticio de Dios en medio de la nada
burguesa (este insecto de Dios, esta drogadicción
de lo extraño, esta seducción del universo--este espanto,
esta soledad, este olvido, esta muerte--), si no acontece ésto,
entonces, la originalidad de los neosofistas, la demagogia,
la religiosidad y toda la inmanencia se hundiría en la frivolidad
más espantosa: el nihilismo como pose de la inmovilidad.
Lo que se convierte en escándalo, como anteriormente
le ha sucedido a la sociedad que la trafica, es la frivolidad misma:
la tontería, la anexión, el anarquismo,
los poetas rosas, los manifiestos, las cartas
abiertas, los discursos filosóficos, la resistencia
política y, por último, la política misma.
El ser mismo, pervertido por los aparatos oficiales que lo trafican,
irrumpirá como el fingimiento del escándalo, o como
el escándalo de lo que se pretende fingir. Cuando el escándalo
se frivoliza, cuando el incesto, o el crimen, o el parricidio, se
convierten en la forma oscura de hacerse famoso, el
escándalo se convertirá en el anuncio radial o televisado
que el mercado trafica para sí mismo. Y por más maquillado
que el escándalo esté, por más personaje
que aparezca, por más trivial que acontezca en su propia
representación, no habrá hecho otra cosa que despolitizarse
de su propio devenir: Smerdiákov será inútil.
La frivolidad que lo rodea se convertirá en el escándalo
mismo del poder que lo exhibe y lo desaparece. El irrumpirá
como la pose del poder de su propia enajenación. Aquí,
en el espacio de la frivolidad como mercancía del escándalo
(o en el escándalo como mercancía de la frivolidad),
el escándalo de ser poeta habrá desaparecido o desaparecerá,
porque la poesía (=su verdad política, su ser político,
su cosa insólita de ser) o habrá sido plagiada, o
habrá sido censurada, o habrá sido tachada.
El
hombre, pues, que no está henchido de la esencia del escándalo
de Dios hablará de él como si Dios mismo fuera la
prostituta de la pose. Hablará del escándalo de Dios
como si Dios fuera, he aquí la contradicción, la más
extraordinaria de las alucinaciones. Desde aquí el escándalo
comenzará a irrumpir contra sí mismo, o contra el
escandalizador que pretende el simulacro mismo. Porque
cuando el escándalo se convierte en mera noticia vacía
de los periódicos, en mero comentario de la Academia, o en
mera doxa de la cultura de la muerte éste pierde toda su
fuerza política. El capitalismo busca sistemáticamente
corromper la experiencia del escándalo. Su aspecto subversivo,
su sombra del abismo de Dios, se ha diluido propagandisticamente
en la revistas porno de los kioskos demokráticos. Por eso,
cuando el escandalizador sabe o sospecha que su escándalo
se ha convertido en la mercancía ideal que le produce más
ratings, se empeña en reproducirlo como el valor
absoluto de la nada. Intenta hacer del escándalo
el valor de la demokracia decadente. Se empeña
en reproducir y en convertirlo en el valor mismo del vacío
de ser, de la nada y del nihilismo imperante. Ya que
el nihilismo es el movimiento de la nada que la política
ha convertido en el ser de los anónimos del olvido.
Este
hombre desencantado, egolatrizado ante su propia maldad, se preguntará
inquisitivamente: ¿de qué manera hay que escribir,
o de que manera hay que pintar, o de que manera hay que pensar,
o ser para que el escándalo me produzca más
dinero y más fama, o para que el escándalo-fácil
(=calcomanizado--plagiado, televisado) me produzca más ratings?
Este hombre del traqueteo espiritual está determinado económicamente
por la sociedad que lo vive, que lo es y que lo permite como basura
del espíritu demokrático. Este hombre de la nada,
nihilista obsesivo de su apariencia vacía, descubrirá
que su fama, su prestigio, su éxito
que lo consume es también esa parte integral de la mercancía
que el capitalismo trafica culturalmente para sí. La sociedad
burguesa fabricará la fama, el prestigio y el éxito
como la basura misma del espíritu que desprecia. El capitalismo
no es otra cosa que el desprecio del espíritu en la belleza
fatua de sus mercancías. El espíritu acontecerá,
pues, como las chatarras de una mercancía enlatada (Andy
Warhol) exhibida en lo que se multiplica como tautología
y como estupidez. El Estado, al seducir a sus artistas,
los convierte en los quincalleros de la cultura. Por esto mismo,
la sociedad capitalista se dedicará siempre a fabricar a
los famosos, a patrocinarlos, a otorgarles mediocridad
en las primeras páginas de sus suplementos culturales y a
fabricar para ellos los premios del opio que los saquen momentáneamente
del olvido demokrático de ser ellos. Porque con esos gestos
vacíos de la belleza (las sopas Campbells) el hombre
burgués pretende contaminar a los corazones de los más
delicados y de los más extraños. Lo banal mismo de
la mercancía alcanza categoría de belleza.
Nunca antes ninguna sociedad había creado una estética
de lo vano. Esta es y ha sido hasta el día de hoy la postura
estética y metafísica de los neosofistas.
*****
Smerdiákov desea la muerte.
Se
equivocó y me equivoqué. He perdido la línea
(la linealidad--¿es éste el cuerpo del texto? ¿Quién
guiña los ojos en el espejo? ¿Debo comenzar de nuevo
la historia del parricida? ¿Debo ser el autor-muerto, el
autor-poeta resucitado, enchufado a la sombra de Dios, a la copia
de Dios, a la apariencia, sin muerte de poeta, ni desorientación
de ninguna índole? Los hombres, pues, somos el escándalo.
Comencemos el ensayo una vez más: Smerdiákov tiene
celos de Iván. Pero yo también soy Iván. Soy
la diferencia de Iván. Escribo esquizamente diferente a él
y pienso deicidamente diferente a él y me contemplo en los
ojos de Smerdiákov.
Lo
que no debemos olvidar aquí es que el-escándalo-de-Dios
está y estará siempre divorciado de la-fama-burguesa
y de las-ganancias-capitalistas-de-los-matones. El que vive escandalizado
con Dios, o el que padece a Dios por cuenta
propia, por lo general es materialmente pobre. Dios
se hará cargo de arruinarlo económicamente para poderlo
enriquecer espiritualmente. La paradoja existencial del escándalo
es total. El heme aquí del escándalo es
abrumador. ¿Qué es entonces pensar, sino pensar el
escándalo de Dios? ¿Qué es ser sino ser el
escándalo de uno mismo? El movimiento dialéctico de
este devenir del espíritu es aparatoso. Esta paradoja no
escapa a su propio devenir. Dios abrumará a su
escogido poética, política, existencial
y filosóficamente. (Siempre hay algo en nosotros que ivana
o que smerdiákovsa.) Dios orgasmará a
los escogidos como si el que resiste, el recipiente fuera el asesino
de su propio Hijo. El Escogido, el suicida de Dios,
aunque parezca un dandy modernista, será siempre un sospechoso
(para el amigo o para el enemigo). La sospecha, ese carimbo de Dios,
acontecerá espiritual y políticamente para marcarlo
(con el exilio, con la cárcel, con el manicomio--con la soledad,
con la envidia: con la censura--). Su ser poeta, pensemos en Iván
Karamasov, su ser profesor, su ser filósofo, su ser pastor
de iglesia en el abismo, el estar bajo el hechizo del mundo (del
ser, de Dios, de las cosas bellas), o el estar bajo el electro-shock
de la conciencia radical, no le permitirá enriquecerse. El
enriquecerse, pues, lo marcará y lo dará de baja del
escándalo. Implicará, entre otras cosas, que ese hombre
(o esa mujer, en la nada misma de los aplausos), habrá tomado
partido por los invasores, por el imperialismo, por los asaltos,
por la policía y por el robo capitalista. Esa conciencia
de lo radical, que es el escándalo de ser uno mismo, no le
permitirá funcionar burguesamente en ese mundo feliz que
pretende mercantilizarlo en el delito mismo de su diferencia.
Estos
escandalizadores, estos extraviados de su propia fama
gris, se parecen al Smerdiákov de Los hermanos Karamasov.
Smerdiákov mata a su padre sin sentir el menor escándalo
ante el parricidio. Smerdiákov matará vacíamente.
Casi podríamos decir que Smerdiákov mata conceptualmente.
El sólo ha oído lo que ha dicho su hermano sobre Dios.
El sólo ha oído que Iván Karamasov ha dicho
que si Dios ha muerto todo está permitido. Smerdiákov
sin sospecharlo se equivoca, casi dostoyevskimente, en la
muerte de Dios. Esto le ha bastado para intentar el parricidio
vacío que lo integrará a la-karamasoviedad
de sus hermanos. Esto le bastará para copiar a Iván
en el gusto mismo de las apariencias. Pero al copiarlo (como ese
gesto plagiario de los poetas pequeños), sólo copiará
lo que no es Iván. Lamentablemente para él no se copiará
a sí mismo a través del desvío de Iván,
sino que copiará la nada de todo lo que lo rodea. Debido
a este desvío el parricidio de Smerdiákov se convertirá
en la celebración de la duda de Iván.
¿Me
equivoco? ¿Nos equivocamos todos existencialmente? Pero el
lector debe recordar, yo como lector de Iván
debo recordar, que ésto no es un cuento. Esto es un ensayo
que ensaya su propia posibilidad de obra de arte. Esta
es mi sangre que por vosotros es vertida estéticamente. ¿De
qué color es la sangre del parricidio? ¿De qué
color es el Smerdiákov que yace delante del espejo del Iván
que le guiña los ojos? Smerdiákov es gris. Pero, ¿de
qué color soy yo? ¿De qué color es Dios? Yo
soy, y no se equivoque nadie, del color de la poesía que
late filosóficamente en la memoria de mi propio cuerpo. Todo
el yo que soy está pindato ficticia y mística, real
y políticamente de poesía. Por esto también
sé, ivanamente, que la filosofía es la poesía
del soy, porque la filosofía me trabaja smerdiákovmente
desde el conflicto mismo de ser. La filosofía acude poéticamente
(o poesíamente) a la dicha de pensarse, o a la fiesta del
pensamiento. ¿Interfiero filosóficamente a la poesía
de la mente, o lo que sucede académicamente es que nos estamos
interponiendo poéticamente a la filosofía del cuerpo?
Iván
es, pues, la celebración de esa duda que sólo
puede realizarse smerdiákovmente a través de la muerte.
La frase estética de Iván Karamasov sólo tiene
sentido ético dentro del poema del Gran inquisidor
y no en la-antipraxis-de-Smerdiákov. El sentido
del Gran inquisidor es la expresión de un nihilismo
(de una nada--en el ánimo de la abulia--) que no se conforma
consigo mismo. Este será el reproche de Alioscha a su hermano
Iván:
Tu
sufriente inquisidor...es una fantasía....
Fantasía
dentro de la fantasía; obra dentro de la obra: crimen dentro
del vacío. Esta será la fantasía poética
que romperá Smerdiákov con su praxis del escándalo
(contra los escándalos de la televisión
y de la radio). La estupidez de Smerdiákov no le permitirá
ver la nada misma que lo rodea. El parricidio, como el incesto,
son las sombras en donde se roza negativamente el límite
mismo del valor de Dios. Este asesinato del padre será
la forma rusa de anunciar el nihilismo europeo. Smerdiákov
no sólo es culpable de parricidio, sino que también
es culpable de asumir un mundo que no le es propio:
su escándalo social, el parricidio, es la copia del escándalo
estético de Iván: el poema mismo. Pero lo que hay
que advertir aquí es que el mundo de Iván terminará
por aplastar a Smerdiákov. Iván sabe, desde su nihilismo
karamasov, que sólo con la inocencia de Alioscha podrá
compartir y resistir la angustia de su espanto existencial. Detrás
del poema de Iván está
toda la angustia de Smerdiákov, pero detrás de la
fantasía de Iván también está toda la
ternura y toda la santidad de la sensualidad de Alioscha. Smerdiákov
es culpable de asumir un mundo que no entiende intelectualmente
y que lo rebasa poéticamente. Para estar al lado de Iván
habría que estar consumido esquizamente, como en el caso
de Alioscha, por la figura de Cristo.
Smerdiákov
calla.
Iván
poeta, escandalizado con Dios, seducido ateamente por Dios, no necesitará
de esa praxis apolítica de su-cuasi-hermano.
Lo que el parricidio ha hecho es sacar a la luz el escándalo
que la familia arrastra karamasovmente. Smerdiákov ha desembocado,
sin sospechárselo, a lo ajeno mismo de Iván. Ha salido
del ghetto de su alma al inconsciente de la poesía
de Iván. La angustia de Iván, por otro lado, ha invadido
la idiotez de Smerdiákov y éste ha contestado con
el gesto vacío del nihilismo: el asesinato del padre. Nunca
antes Smerdiákov e Iván habían estado tan lejos,
nunca antes la poesía y el crimen habían estado tan
opuestos. Estamos muy lejos todavía de Sade (la prostitución
de las vírgenes), de Lautréamont el asesinato de los
niños), y de Genet (el homosexualismo como bandera antiburguesa).
El diálogo de Iván, como hemos dicho ya, puede ser
únicamente con Alioscha. Lo demás no le interesa,
los demás, por el momento, no importan. Lo que olvidan los
escandalizadores postmodernos del vacío televisado, o del
vacío radial (los escarnizadores inútiles de la indiferencia
burguesa), es que la bondad de Alioscha resulta a la larga tan escandalosa
como la maldad de Smerdiákov, o tan escandalosa como la belleza
metafísica de Iván.
La
interrupción del destino deseado no tiene sentido. Realido
entonces hacia el no ser, o irrealido violentamente hacia el ser.
Me apego amorosamente al soy de mi fantasma social (estoy dispuesto
a matar coránmente para salir de la cueva platónica
de la demokracia) para que la conciencia se ilumine contra la muerte
y contra el olvido. Pero, ¿no me han olvidado ya los amigos
de la envidia literaria? ¿No ha sido éste su proyecto
político de ser? Esto es lo que no entendió Smerdiákov:
que haga lo que haga, realice el parricidio que realice ya ha sido
olvidado. Sólo quedan las fotos, los archivos periodísticos,
los documentos policiacos y esa escritura que lo convierte en el
fantasma mismo de Dios. No hay que oponer Platón a Genet,
Heidegger a Artaud (Marta a María--Apolo a Dyonisio--), porque
el conflicto no sólo es cultural, político y económico,
sino que el conflicto es la persona de Smerdiákov mismo.
¿Cuál
es, entonces, el espacio público o privado del escándalo?
¿Para quién mató, en última instancia,
Smerdiákov? ¿Para qué escandalizar entonces
a los espacios vacíos de su propia idiotez (=y de su propia
despersonalización? Estas son las preguntas que cada escritor,
cada pensador, cada político y cada ser humano debería
plantearse secreta y públicamente. ¿Qué
escándalo soy yo para mí mismo (para Dios, para los
otros)? Porque el escándalo trivial de los escandalizadores
de la demokracia en su desfuncionalidad no nos afecta, porque el
parricidio y el matricidio se han convertido en el hecho cotidiano
de la televisión misma. La televisión demokrática
vive económicamente bien del escándalo que se pretende
negar, o que se pretende combatir: la aparición, pues, de
los adolescentes oscuros.
Medea
ya no es el gesto contra el poder, ni siquiera el gesto de la locura
amorosa, sino el gesto mismo de los anónimos, esos cazadores
de fama, contra el vacío espiritual de la sociedad
demokrática. Ya no se mata contra Dios, sino
que ahora se mata contra la nada misma. La nada sentida como la
abulia de los asesinos produce el mal mismo. Esta nada se convierte,
entonces, en la pasión desinteresada de los asesinos. Carentes
de sí, faltos de amor propio, deprimidos, olvidados, desmoralizados,
matan para serse. Matan para encontrarse. Quizás por ésto
los adolescentes oscuros (o los criminales mercenarios de las guerras
yanquis) sean los zombis ideales de la demokracia misma. No poseen
ni fe, ni razón, ni duda, ni voluntad, ni deseo de ser, ni
imaginación de ser, sino que desean sumergirse en el anonadamiento
mismo: son autómatas. Están a la deriva de sí
(están en la periferia de la ficción de ser) y pretenden
filosóficamente justificar esta forma de morir. El escándalo
en ellos ha perdido su aspecto político, porque se ha convertido
en la forma estrecha (asfixiante) de la elecciones demokráticas.
Lo que los adolescentes oscuros desprecian es la demokracia que
sus padres representan tiernamente. Matan irracionalmente
a sus compañeros, a los maestros, a los directores en su
deseo de alcanzar el parricidio colectivo, el parricidio que los
redima de sí. Los adolescentes oscuros de la demokracia buscan
todavía la muerte de Dios que los aplasta. Ese crimen que
los idiotas, los solitarios, realizan adolescentemente
se les ha convertido en el inconsciente despolitizado
que la demokracia les ha inculcado como sombra. Lo que buscaba Smerdiákov
en el asesinato de su padre era su propia muerte. El despecio de
sí se realiza, precisamente, en el desprecio del padre del
espejo. El odio a lo social, si no puede acontecer hacia lo público
acontece entonces aparatosamente hacia lo íntimo.
José
Echevarría comenta:
...Idiota
puede significar, por tanto, ya sea el hombre diferente, fuera de
lo común, separado de la comunidad, ya el que no entiende,
y acaso ambos reunidos. Aún Voltaire usaba la palabra francesa
idiot para decir solitario.
Smerdiákov
es todos esos hombres-oscuros de la pluralidad de su ghetto. Pero
aún así no nos podemos dejar extraviar por las definiciones,
pues la semántica es la linterna mohosa en medio del camino.
Pre-semántico Smerdiákov no sospecha, ni intuye, ni
siente que las palabras y los hechos están separados. Smerdiákov
piensa como los niños. Piensa como
piensan algunos poetas: no separa las palabras de los hechos. Pero
en el fondo mismo de su crimen es un poeta frustrado. El tiene fe
en su hermano: Iván no podría mentir. Iván
no le ha mentido jamás. Su fe en el ateísmo
de Iván es ciega. El se siente un hombre diferente.
Smerdiákov no es como Alioscha, ni es como Iván, ni
es como Dimitri. Este no ser los otros lo hace sentir su soledad
(Smerdiákov como el solitario radical) infinitamente mejor.
Smerdiákov
es el hombre que posee ante los otros su propio estereotipo. El
no puede creer que sea así, pero es así. Su ser lo
ha desconcertado: jamás alcanzará la originalidad
de sus hermanos. Rompe con su cliché de hombre idiota para
poder ser el hombre Nadie que lo seduce: el antihéroe
demokrático. Está radicalmente sólo, porque
ha edificado contra sí mismo el pecado simbólico de
matarse a sí mismo y el pecado sublime de matar
a Dios. El parricidio se convierte entonces en el deseo inconsciente
de realizar el deicidio. El nihilista mata para no quedarse escindido
en esa nada que lo consume. El parricidio es el asalto contra el
cielo. Es la Torre de Babel que fracasa constantemente en el mito
del lenguaje roto y en el mito del eterno retorno de lo mismo. En
este sentido de lo huérfano, de la orfandad, Smerdiákov
es un hombre tristemente fuera de lo común. Este rompimiento
con su soledad, este crimen que se le torna exilio (ese exilio como
más exilio) lo arrojará definitivamente a la más
espantosa de las soledades.
Estamos
escandalizados no sólo con la muerte de Dios,
sino también con la muerte de esa demokracia que somos, o
esa demokracia que secreta o públicamente pretendemos ser.
Nosotros, como Smerdiákov, nos hemos convertido en el escándalo
de una demokracia que yace enferma ante su propia idealización.
Vivimos patéticamente entre la apariencia de los que posan
y la rabia de los que sueñan acorralados. El escándalo
se devela poéticamente como el infierno psicológico
del alma. Iván escribe contra un espejo que luce empañado.
Porque sin ese fuego de la escritura contra sí misma, sin
ese ocaso bello de la escritura occidental contra su propia praxis,
sin este odio contra el Gran Inquisidor que somos, sin esta quemadura
de que todo está permitido, sin esta costra de
la herida de ser que se reabre constantemente frente a los polichinelas
del poder y de la censura, no importa entonces el gesto gratuito
de la radio, ni el gesto quijotesco de la televisión como
si estos fueran el Retrablo de Maese Pedro. Ni importa tampoco la
falsedad de esa libertad de prensa contra nosotros,
porque todo está de antemano programado, con el visto buenos
de los idiotas (los Smerdiákov, los Segismundo, los Caballeros
de la Blanca Luna, o esa jauría de escritores, poetas, periodistas,
o ensayistas que no hacen otra cosa que reproducir la ideología
de lo mismo y de la mediocridad para que la libertá no acontezca
política, ni libertariamente. La originalidad, este es el
mayor de los escándalo, ha sido suspendida demokráticamente.
La literatura, esta es la gran sospecha de Alioscha frente a Iván,
es pura fantasía. Teut está una vez más delante
de Tamus. El delito de la escritura está políticamente
delante de la memoria del status quo. El inventor de los sueños
está delante del rey. La poesía está separada
de la realidad como delito. El crimen inocente está aconteciendo
en medio del crimen real. El principio de la realidad y el principio
del placer son una gran equis que nos traspasa y que nos crucifica.
Este concepto de la fantasía, en boca de Alioscha es un desprecio,
o un pequeño rechazo. Alioscha, como pragmático de
Dios, no puede llevarse bien con las ilusiones de Iván. Esta
literatura que tiene que acontecer en los idiotas (don Quijote equivocándose
con los libros de caballería--Amadís como el modelo
de lo imposible--Hamlet enloquecido de tanto fingir que enloquece)
no deja de ser una lógica de la equivocación. Alioscha
no se puede entender con la lógica hermosa (la lógica
de lo bello) de la equivocación lírica
de Iván. El poema del Gran inquisidor ha terminado
por ser como un Amadís de Gaula en el corazón mismo
del escándalo, porque Iván no se ha atrevido a asumirlo
radicalmente como vida. Es fantasía académica, intelectual,
erudita, porque Iván no se ha atrevido a cruzar la línea
prohibida de lo verosímil entre lo real y la fantasía.
Iván no se ha atrevido a realizar el salto kirkergaardeano
que Smerdiákov realizará como nihilismo, como fracaso
y como escándalo.
Kierkegaard-Nietzsche,
Jesús-Gandhi, Nerval-Van Gogh, Breton-Artaud, etc., serían
los modelos desastrosos y radicales de ese rompimiento burgués.
Ante ese-gesto-de-la-violencia-santa, importa poco el silencio de
los que fingen, o-el-silencio-de-la-inmensa-mayoría-de-la-demokracia-invasora
(o-el-silencio-de-la-demokrcaia-hegemónica). Un escándalo
real (Cristo delante de Jesús; Jesús delante de-Dios--Hamlet
delante del incesto de su madre--) no soportaría el silencio
filosófico, ni poético, ni político de los
exóticos; o el silencio posmoderno de los-fariseos-de-la-individualidad-demokrática.
El hombre vive escandalizado no sólamente por la soledad
de Dios, por su silencio (Dios vive escandalizado
con la libertá del hombre), sino que aún vive escandalizado
con su propia libertá vacía, con su propia libertá
del sin sentido que lo consume. Esa libertá que Dios
le ha otorgado al hombre inmanentemente es, sin lugar a dudas, tan
aplastante como el parricidio de Smerdiákov. Esa soledad
de la libertá de ser es tan abrumadora, es tan intolerable,
que los que podrían cambiarla (inventarla, edificarla) se
han dedicado a copiarla en lo ajeno más próximo. El
fraude, la falsedad de ser, se ha puesto demokráticamente
de moda. Este escándalo de la carne del plagio,
de lo otro, de lo karamasov (de lo Cristo--de lo nietzscheano, de
lo marxista, de lo freudiano--etc.) no soporta, entonces, ni el
silencio de los burgueses, ni las palabras fortuitas de los idiotas.
II
Algunos argumentarán que la frase de Iván Karamasov,
si Dios no existe todo está permitido, era la
frase que necesitaba Smerdiákov para salir de su anonimato.
Este, querrámoslo o no, vive aplastado por el prestigio de
sus hermanos y por la inmoralidad de su padre. El parricidio de
Smerdiákov es el intento ingenuo por restablecer la igualdad
y la justicia con sus hermanos. Pero esta igualdad que él
busca es totalmente falsa. El crimen, acaso, le ha dado la notoriedad
necesaria que él necesitaba para ser un Karamasov. El parricidio,
piensa, sospecha, desea, los hará iguales.
Esto
precisamente es lo que le sucede a los escandalosos, a los adolescentes
oscuros del espíritu: la demokracia les provee el inmoralismo
nihilista que ellos necesitan como programa de serse. La demokracia
les otorga a estos escandalosos, ese personaje nefasto
de lo repulsivo. La repulsión del sujeto (del hombre que
yace sujeto espiritualmente a la decadencia de su clase--de su educación,
del poder: de la idealidad--) posee diferentes rostros: el de los
representantes, el de los periodistas, el de los escritores, el
de los policías, el de los fiscales, el de los padres, el
de los curas, etc. Esa creencia fundamental, la creencia idólatra
del hombre demokrático ante su sistema, les proveerá
el espectáculo y el espacio del crimen necesario. Pero el
parricidio, ese ser de Smerdiákov, éste como el Parricida,
es el crimen mismo de lo extraordinario. Smerdiákov se moverá
del conserje que es, al parricida que lo sepulta, del idiota que
es, al extraño que lo enajena, de la miseria que es, al miserable
que lo angustia. Es así como Smerdiákov, sin proponérselo,
ni él ni su hermano, se convertirá en el instrumento
fallido de todos ellos.
Lo
que hay que recordar aquí es que Iván no escribe el
Gran Inquisidor para seducir a Smerdiákov, o
para escandalizar a Alioscha, ni para seducir a Gruschenka. Iván
escribe su poema para resolver la necesidad espiritual que lo desgarra:
Jesús le resulta tan escandaloso como Judas. La muerte de
los niños, estamos muy lejos todavía de los adolescentes
oscuros, le resulta insoportable.
Judas
refleja de algún modo a Jesús.
Es
este desgarramiento del-ser(-se) de Iván (esta belleza de
Iván en el escándalo de Cristo), lo que le permitirá
a Smerdiákov el terreno para realizar el parricidio ajeno
que no le pertenece como idiota. Pero Smerdiákov no ve la
desgarradura de Iván. El idiota sólo ve la posibilidad
de sí mismo en la copia de su plagio. El esclavo,
demokrático o no, no puede ver a sus señores. La codicia,
la envidia, el resentimiento, el odio, el deseo mismo deforman la
mirada sobre el amo aristocrático (socialista,
demokrático o posmoderno). Smerdiákov queriendo ser
Iván, queriendo inconscientemente ser lírico, filósofo,
se convierte aún en un hombre más extraño y
más distante de sí. Alienado de sí no le quedará
otro recurso (posibilidad--sentido--) que enajenarse de la realidad
misma. Si ese desgarramiento del poema que produce el escándalo
(la poesía está tocando violentamente lo real: ¿Alioscha
se ha equivocado entonces?--¿Se equivocó Platón
con la escritura misma?--), sin éste entonces no podríamos
ver que la poesía es, o podría ser tan violenta como
la realidad misma. ¿No estamos en estos días bajo
la violencia del Corán? Matadlos hasta que la idolatría
no exista.... Pero la poesía no alcanza (a pesar de
Sade, a pesar del Conde de Lautréamont) el horror de la realidad
que El Corán desencadena contra los infieles.
El círculo tenebroso de lo imposible se ha hecho real (el
círculo tenebroso de lo real... se ha hecho posible).
Alioscha cree en Dios y por eso es posible para Iván compartir
el poema con él. El agnóstico, el ateo, busca desesperadamente
al creyente para poder crear el diálogo con el mundo que
se le opone. Sin esta distancia de lo fatal, de lo negativo (pensemos
en Hegel), todo sería silencio y todo sería maldad.
Porque lo que hay detrás de ese diálogo, de ese compartir
de Iván con Alioscha es el deseo mismo de lo radical: Iván,
de alguna manera, anhela la bondad violenta de Cristo que hay en
el alma de su hermano. Iván está seducido por la fe
y por la bondad escandalosa de Alioscha. Si éste fuera Dimitri,
si Alioscha arrastrara la sensualidad obvia de Dimitri, entonces,
no habría ninguna necesidad de sincerarse con él.
Iván no tiene porque recurrir a Dimitri, porque el esteticismo
escandaloso de Iván (Cristo estéticamente crucificado
en las paredes del mundo--Dios permitiendo la muerte de los niños--)
es también el sensualismo de Dimitri como posible asesino
de su padre. Iván, a pesar de su sensualismo intelectual
(a pesar de su idea sensualista de-ser-se), está
próximamente lejano de Dimitri.
Sírvanos
este oximorón para resolver momentáneamente la paradoja
que nos consume. Porque lo que el ateísmo sensual de Iván
busca es el sensualismo de Dios que Alioscha exhibe escandalosamente
en su ternura. Los sensuales buscan en el amor el placer sublime,
el placer infinito. Es ese mismo sensualismo el que
Smerdiákov intentará destruir con la muerte de su
padre. Lo que es escandaloso en Fiodor no es que sea un sensual
a ultranza, sino que sea el padre de Alioscha y de Iván.
Lo que resulta escandaloso en Fiodor es que siendo tan idiota como
Smerdiákov haya procreado la belleza de Iván
y la bondad de Alioscha. Pero lo que perturba a Iván, no
es el torbellino de Dimitri, ni las orgías de su padre, ni
la estupidez de Smerdiákov, lo que perturba a Iván
es el escándalo del amor que Alioscha posee como representante
de Dios: Alioscha como Cristo. Cristo encarnado en la belleza carnal
y paradojal de su hermano. Esta representación de la carne
del espíritu (esta espiritualidad de la carne), es la orgía
de Dios que es
Alioscha, no puede ser la representación demokrática
de la corrupción, ni la decadencia de la monarquía,
ni la impiedad de los socialistas. Este escándalo de la orgía
de Dios que es Alioscha rodea a Iván como un infierno.
Es
a pesar de esa simpatía hacia Alioscha, es a pesar de esa
búsqueda que es el Gran inquisidor, es a pesar
de ese deseo de Dios en medio de su ateísmo,
que Iván se develará, muy a pesar suyo, como el instigador
intelectual del crimen que realizará Smerdiákov. Iván
será, no Fiodor, el padre espiritual y estético del
parricida. Su libertá de ser el poeta radical terminará
por arrastrar la mediocridad de su hermano. Pero, por otro lado,
el crimen de Smerdiákov romperá el esteticismo extraordinario
de Iván. La dialéctica de lo que se desata social
y espiritualmente no permite las excusas: el mediocre, a través
del plagio y de la copia (de ser) desembocará a lo tristemente
extraordinario. Ese crimen, desatado nihilistamente
contra la modernidad, intentará romper el anhelo de Dios
que Alioscha siente en la casa de los sensualistas, como si el anhelo
de Dios no fuera suficiente para Alioscha. Esto hace que Alioscha
y el epiléptico no puedan entenderse.
Smerdiákov
será el escandaloso que no siente (ni siente ni padece) el
escándalo de Dios. El es el violento en donde el anhelo de
Dios no existe como violencia. En Smerdiákov la violencia
se ha quedado vacía y se ha quedado sóla. La muerte
de Dios, en las orgías de su padre, se ha convertido en la
soledad de los hijos. (La tesis no se parece a las síntesis.)
El mundo ha cambiado y ellos lo saben, lo presienten: Dios, como
el cuerpo de Cristo, está desnudo en la rigidez del padre
muerto. El crimen es el premio que el padre repulsivo y avaro debe
recibir de su hijo despreciable. Iván es el poeta que incapaz
de matar, elabora inconscientemente (a través de la filosofía)
la teoría de la muerte de Dios. Si Dios no existe
matar será fácil. Matar será placentero. Pero
Dios también, posmodernamente, se ha convertido en la excusa
que permita realizar el crimen. Si Dios no existe no habrá
moral que contenga lo gratuito. El nihilista, el asesino de Dios,
como su adorador (los ortodoxos--árabes y judíos--)
deberán ser consecuentes con sus crímenes de guerra
y deberán continuar matando hasta erradicar la
otredad, hasta eliminar la diferencia.
No
sólo es que Smerdiákov no vea su propio escándalo
de-ser-se, como deseo del deicidio del si Dios no existe
de Iván, sino que Smerdiákov no posee ningún
sentido del escándalo que será. Smerdiákov
ha intentado matar idiotamente en y contra la cretinidad misma de
su padre. Ha intentado matar en lo real estéticamente como
si el asesinato fuera una obra de arte. Es imposible no pensar en
Del asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas
De Quincey y también en las Torres Gemelas del World Trade
Center.
Smerdiákov
ha intentado borrar con su escándalo el escándalo
social de su propio padre: el representante está
malamente representado en la idealidad del crimen Dios que realiza
Smerdiákov ivanamente. La muerte del padre impúdico,
cuasi satánico, no le develará la imagen desconocida
del Jesús del Gran inquisidor. Smerdiákov
pretende corregir consciente o inconscientemente el desorden cristiano
de su padre. Smerdiákov pretende ser la frialdad intelectual
del nihilismo de Iván. El asesinato, aunque llore el asesino,
aunque tenga remordimientos judasmente, no lo salvará de
su propia ilusión. El incesto, como el parricidio (como el
deicidio), clausura los caminos del retorno. Ahora es imposible
volver atrás.
Aun
así, todas las sospechas, todo lo circunstancial, toda la
lógica de los hechos se derrumbará contra la figura
apasionada y violenta de Dimitri. El conserje seguirá siendo
la oscuridad de ser que ha sido y nadie sospechará remotamente
del idiota. El furor de Dimitri Karamasov lo convertirá en
un sospechoso (de un deseo que no halló los caminos oscuros
de su anhelo). El hecho de confesar que él también
ha deseado la muerte de su padre (la muerte de Dios) lo califica
para ser el culpable obvio ante los ojos atónitos del jurado
y ante los ojos mediocres de los jueces. La moral empobrecida que
lo rodea no podrá soportar la pasión de un delito
no realizado. Su inocencia se develará, acaso, como el deseo
mismo de la culpabilidad. Este deseo es también una forma
secreta del delito.
El
asesino es el rostro deformado del héroe que Dimitri tampoco
puede ser. El héroe mata, pero mata henchido por las ideas
religiosas que lo consumen. Mira árabemente el
terror que tiene que realizar y no titubea. Mata para realizar la
utopía que lo consume y no por el dinero que debe o no debe
obtener. El héroe mata para tocar el corazón de Dios
en medio de la historia. Pero la idea misma del robo arroja a Dimitri
contra el deseo de los hermanos. En esto Iván, Dimitri y
Smerdiákov, aunque sean cercanos y radicalmente distintos,
se parecen inevitablemente al asesino inédito que los une:
el idiota ronda el corazón de los hermanos. El parricidio
les sirve de espejo: el que mata se parece al que desea matar. En
oposición al héroe, el parricida mata inútilmente;
mata solo. El parricidio es el extravío de la individualidad
que no halla la colectividad política que lo redima desde
la revuelta, desde el terror o desde la toma del poder. No importa
ya que haya matado por odio, por celo, o por pasión, el parricida
está solo. Su búsqueda de Dios (su negación
de Dios) lo ha extraviado. El parricida es, entonces, junto al infanticida,
el más oscuro de los hombres de la historia. Su notoriedad
es tan fugaz como el sonido del revólver, o como el gesto
del cuchillo. Ni siquiera la violencia del incestuoso podrá
alcanzarlo. Aquél, el parricida, aunque contamine a la familia,
está diosmente oscuro: su maldad lo arroja contra un Dios
que calla, o que cuelga inútilmente en las paredes de los
templos. Pero lo que verdaderamente sepulta a Smerdiákov
en los espejos es su mediocridad es que él, gústele
o no, será siempre el criado:
...Smerdiákov
vino a ser el segundo criado de Fiodor Pavlovich...
En
ese sentido fortuito e idotizante el parricidio no ha hecho otra
cosa que contaminar a los hermanos: el parricidio los ha mediocretizado.
Iván, a pesar de su frialdad intelectual, de su genialidad
poética, ha caído contaminado tan violentamente como
Dimitri. Smerdiákov es la imagen de la peste que ambos arrastran
en el deseo de la muerte del padre. El deseo los ha deformado esperpénticamente
con el rostro del hemano. El crimen de Smerdiákov, he aquí
el escándalo del retorno, no lo ha hecho genio. Su crimen
no lo ha puesto a la altura del poema de Iván. El parricidio
no lo convierte en el Iván Karamasov que él desea
ser. Smerdiákov desea ser el padre y desea ser Iván.
Desea la lujuria física del padre y desea también
la lujuria intelectual del poeta. La distancia que lo separa de
su propio proyecto es abismal, porque no basta querer ser para que
el ser sea. El ser-se los consume fatalmente como lo
que es. He aquí, entonces, que Iván seguirá
siendo el poeta y Smerdiákov seguirá siendo el sirviente
que lo copia. Lo que Smerdiákov no sabe, no lo sabrá
nunca, es que el poeta no puede ser copiado. Copiar a Iván,
serlo, es copiar el infierno Karamasov de lo bello. Pero Smerdiákov
está en el otro extremo: Smerdiákov está en
la miseria de lo-bello; Smerdiákov es el ghetto de lo bello.
El infierno de Iván es el deseo de una belleza que no le
es transmitida a su hermano. Es esa duda de Dios, ese odio contra
la Iglesia que codicia al Estado (esa Iglesia lacaya del Apocalipsis
que permite que el Estado la convierta estéticamente en su
propia mercancía capitalista) y que se estrella infinidad
de veces contra el poeta mismo que la niega.
Si
Alioscha resiste es porque está enmarcado en la ausencia
y en la Gracia de la violencia de Dios. Si Alioscha resiste es porque
Dios se le ha convertido en la Gracia misma de su ausencia. Es porque
su ausencia es la cercanía de su propia alma. Pero Smerdiákov,
alejado de Alioscha, y despreciado por Iván, sólo
sabrá responder negativamente al slogan de Iván
desde la miseria y desde el abandono. Atrapado cada cual en su karamasovidad
el parricidio se les convertirá en el infierno de la vigilia
que los une. El padre muerto se les convierte en la
imagen misma de Satán. Muerto el padre, muerto el obstáculo,
(ambiguo Judas entre la cofradía de los hermanos--presente
Jesús en el Alioscha que lee el poema), cada cual se devendrá
hacia la posibilidad remota que lo reclama: Dimitri se tornará
más pasional, Alioscha más tierno, Iván más
poeta y Smerdiákov se tornará, en su propia originalidad,
el idiota por excelencia. El crimen, como hemos visto, ha terminado
por sepultarlos en lo que ellos son. Pero no podemos olvidar, entonces,
la diferencia que existe entre el príncipe de El idiota y
el idiota de Los hermanos Karamasov.
¿Quiénes
son estos personajes que nos seducen? ¿Quiénes son
en última instancia estos Karamasov? Alioscha se develará
a través de toda la novela como el idealista enamorado de
Dios; mientras Iván será el nihilista del idealismo
absoluto que es incapaz de encontrarse realmente con el mundo; Dimitri,
por su parte, es el romántico pasional (el Byron despolitizado)
que se desborda inútilmente en los placeres y el amor; y
Smerdiákov, obviamente, irrumpirá como el hombre que
desea heredar secretamente la imagen de su padre. El parricidio
no le ha bastado, entonces. El parricidio no le ha otorgado otra
posibilidad que la de ser lo que han sido hasta ahora. El ser-se
los ha consumido en su propio proyecto de la identidad. Ellos están
atrapados en la libertá de la nada que son y Dios no puede
salvarlos de esa libertá de nada sin violentarse a sí
mismo. Dios no puede cruzar el límite del bien y del mal,
no puede cruzar esda nada de la libertá sin violentar la
soledad inaudita que lo consume. Lo que descubrirá Smerdiákov,
por su parte, seducido por Iván es que la libertá
también es el infierno: que el mito de la libertá
del eterno retorno no posee regreso. Este es el escándalo
que Smerdiákov no podrá verbalizar, le falta el poeta,
y podrá entenderlo jamás. Su estupidez
es el límite de su propio deseo. El poema de Iván
es inalcanzable. La muerte de Dios es intocable. Smerdiákov
no puede arribar, porque yace viciado por su propia servidumbre.
De todos ellos, Smerdiákov es
el que más se parece a Fiodor. Pero aún así,
a pesar de esa negatividad de la nada de la libertá, el parricidio
los ha unido: su padre está tan lejano como Iván.
La
fe de Alioscha es tan radical que permite que toda la familia gire
escandalizada, asombrada, alrededor de la bondad que de él
emana. Alioscha lo sospecha: Cristo ha tenido que hacerse libertá,
desgarramiento de Dios, carne de Dios, en el deseo mismo de lo ajeno,
para que el hombre pueda soñar con el rescate
(con el retorno, con la resurrección). Cristo es el rescate
de Dios a través de Alioscha para que el escándalo
de Dios, el amor de Dios, pueda tornarse presente. A pesar de éste
escándalo cristiano que Alioscha es, Smerdiákov se
quedará atrapado en su propia ingenuidad. Smerdiákov
se quedará sin diálogo, porque el crimen que él
es lo arrojará inútilmente al nihilismo que Iván
sueña como esteticismo, o como belleza. Aquí importa
poco que el nihilismo de Iván sea nietzschenamente negativo
o que sea nietzschenamente positivo. Aquí lo que importa
es ésto: el diálogo de Iván no permite la cercanía
de la plebe. Por otro lado, lo que Smerdiákov ha copiado
es la parte negativa del esteticismo de Iván. Smerdiákov
ha intentado realizar la justicia que el poema de Iván
reclama para sí. Pero para poder ser otra cosa Smerdiákov
necesita amar el crimen que lo realiza como parricida. El conserje
del ser-se inútil tendría que amar el
horror mismo que lo consume, pero para ello tendría que ser
Iván. Tendría que ser el otro. Su codicia no da para
más. Su infamia es insuficiente. La mímesis del poema,
como la mímesis del alma del poeta, es imposible. Por otro
lado, la oscuridad de ser-se se ha vertido sobre él
como el peor de los espantos.
¿Quién
lo redimirá ahora de la nada de la libertá si todo
está permitido? ¿Quién podrá liberarlo
de esa libertá de la nada si es la libertá misma quien
lo ha condenado? ¿Quién podrá salvarlo ahora
eternamente del juicio de Dios y del infierno de su ser conserje?
Smerdiákov ha escogido al Judas que vive en lo profundo del
idiota. Smerdiákov se ha escogido como odio. Smerdiákov
lo sabe: Dimitri, el sospechoso, ha huido, Alioscha está
demasiado cerca de Dios para escucharlo e Iván no ha dejado
de despreciarlo. La soledad que Dios ha creado libertariamente para
él lo ha alcanzado a través de la muerte de su padre.
Lo
intolerable de Dios ha terminado por iluminar al idiota.
*****
1
de febrero del 2001
10 de noviembre del 2001
Nueva York
NOTAS
(un problema de compatiblidad de archivos nos impide, de momento,
ofrecer los hipervínculos, en el texto, que están
relacionados con las notas)
1-Otro
título posible: Smerdiákov o la ficcionalización
del ensayo.
2- Dostoyevski, Fiodor M. Los hermanos Karamasov. Madrid: Editorial
Aguilar, 1968. Págs. 404-406.
3-De esto resulta que haya poetas, escritores y filósofos
que resulten tontos. Esto es así, porque la demokracia se
ha convertido en el reino mismo de los idiotas.
4-Basta pensar en Ricky Martin cantando para George Bush, o en Vargas
Llosa defendiéndo la tan desacreditada demokracia
peruana, o a Sila Calderón pretendiendo defender a los pescadores
de Vieques y, por otro lado, enviando
policías a Vieques para defender a los marinos norteamericanos.
5-Esta afortunadamente no será la diferencia de Derrida.
6-Los hermanos Karamasov; pág. 415.
7-Pensemos por un momento en Don Quijote de la Mancha y en Hamlet.
8-Pensemos en Kirilov.
9- Recuérdese lo que decía Sartre: el verdadero ateo
es el hombre al cual Dios le resulta indiferente. Es el hombre que
no habla de Dios. Todos los demás estamos profunda y absurdamente
seducidos por el escándalo de un Dios encarnado.
10-Véase
José Echevarría: Libro de Convocaciones. 1: Cervantes,
Dostoyevski,
Nietzsche, A. Marchado; Anthopos Editorial, Barcelona,1985. Págs.
68-69.
11-
ibid; pág. 69.
12-Detrás del Dios ha muerto de Nietzsche
laten tres figuras fundamentales: el Kirilov de Los endemoniados
de Dostoyevski, el Hegel de la Estética y los poemas de Heine
en donde Nietzsche ha vuelto a reencontrar de forma tripartita el
concepto griego de la muerte de Dios que el poeta alemán
y el filósofo del idealismo absoluto han modernizado para
él.
13-Véase
el Fedro de Platón.
14-
Véase Los hermanos Karamasov.
15-El instante mismo de ser-se es tan radical como el
instante mismo de morir-se.
16-Jorge Luis Borges: Ficciones; Alianza/Emece, Madrid, 1994. Pág.
177.
17-El Corán. Barcelona: Plaza y Janes Editores, 2000. Pág.
59.
18-Nagasaki e Hiroshima, el atentado contra las Torres Gemelas de
Nueva York (World Trade Center) y los 400, 000 niños que
son utilizados sexualmente (filmados, prostituidos, sodomizados)
en Estados Unidos anualmente.
19-Pensemos también en La peste de Alberto. Camus.
20-Véase Los endemoniados.
21-Véase Alberto Camus en El hombre rebelde.
22-Los hermanos Karamasov; Pág. 185.
©
Yván
Silén
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