7
enero 2002

Martha
Barroeta

 
  

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Orígenes

del término folklor

 

El 22 de agosto de 1846, era el siglo XIX bajo la influencia del romanticismo, la palabra fue propuesta en la revista The Atheneum (Revista Inglesa de Londres). Dicha revista publicaba una carta firmada por Ambiosio Merton -seudónimo del arqueólogo e investigador de tradiciones William John Thoms-, fechada el 16 del mismo mes, para designar aquel sector del estudio de las antigüedades y la arqueología que abarca el saber tradicional de las clases incultas en las naciones civilizadas. En Inglaterra se llamó Antigüedades Populares o Literatura Popular. Se trataba de un arcaísmo sajón que rápidamente se difundió en un sentido ambiguo, tanto para denominar la nueva rama de conocimientos, como su objeto de estudio, es decir, el "saber popular", "lo que el pueblo sabe".

El arqueólogo británico William John Thoms pide en su carta que sean recogidos, con destino a las nuevas generaciones, los usos, costumbres, ceremonias, supersticiones, baladas, proverbios, etc., del viejo tiempo, de lo que se considera ya mucho se ha perdido, pero de lo que aún hay mucho más que podría ser rescatado "con un esfuerzo a tiempo".

A pesar de que hoy no se disiente sobre la ubicación de los estudios folklóricos dentro de la ciencia de la antropología cultural, mucho se ha discutido acerca de la extensión y, naturaleza de los mismos.

En 1878 en Londres se fundó la primera sociedad folklórica. En Francia apareció la primera revista, Melusine (1875), y se realizó el Primer Congreso Internacional sobre este tema (1889).

El criterio más amplio es el sustentado por Pitré y Lang, que establece como campo de la investigación folklórica el estudio de las culturas de los pueblos no civilizados actuales y pretéritos. Según esta concepción, o bien se identifican los objetos de estudio del folklore y la etnología, como lo sostienen Lang y Paul Sebillot, o se los distingue mediante la limitación del campo de lo etnológico a la cultura material, reservando para lo folklórico el terreno de la vida espiritual, es decir, de las supersticiones, leyendas, cuentos, canciones y música popular.

Así lo entienden los investigadores que provienen del ámbito literario o artístico y también algunos antropólogos como Herskovits.

Cabe señalar que otras corrientes modernas ostentaron una diferenciación metodológica por entender que no podía limitarse el campo de lo folklórico a lo estrictamente espiritual.

Marinus y Corso ya lo insinúan al definir con claridad el concepto de "pueblo", que resulta ser el estrato folklórico, en contraposición al superestrato culto y al superestrato etnológico formado por los elementos aborígenes no asimilados a la cultura oficial. De este modo los objetos de estudios del folklore y la etnología abarcan la totalidad de los patrimonios culturales de dos grupos sociales, que se distinguen por su posición frente a las instituciones y a la cultura de la nación civilizada en que residen.

La cuestión, de escasa importancia en Europa, donde los núcleos indígenas son casi existentes, se complica y exige un claro deslinde allí donde viven grupos aborígenes en los que la asimilación de la cultura occidental ha sido escasa o nula.

Los antropólogos Tylor, Frazer y otros han encontrado en sus estudios comparativos de folklore numerosas analogías en las costumbres, creencias y manifestaciones artísticas de las culturas populares en todas las partes del mundo.

No es el folklore lo que se descubre en ese momento, ya que siempre existió, aunque con otros nombres, sino la palabra Folklore, que desde entonces se constituye "en una bandera a cuya sombra todos trabajan en la misma orientación". Desde entonces la palabra distingue a los materiales que vienen de la honda del tiempo, y designa además su estudio.

Desde 1931, y a proposición de Navascués, se reserva el sustantivo común folklore para los materiales que luego estudia el folklore, la ciencia señalada con el nombre propio.

El terreno que abarcaron estas investigaciones fue, al principio, muy reducido. Primero fueron estudiados los cuentos populares; más tarde, las canciones, y por último o en fín, uno tras otro, todos aquellos elementos particulares de la vida social, materiales y espirituales, de los que no se ocupa ninguna otra ciencia. El folklore tiene contactos con la economía política, con la historia de las instituciones, del derecho, del arte, de la tecnología, sin confundirse en modo alguno con tales disciplinas.

 

Martha Barroeta

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