7
enero 2002

Iván
  Bono

 
   Vilar

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Gilda:
GILDA, 1946

La Diosa del Amor

 

There NEVER was a woman like Gilda!
I was true to one man once... and look what happened!
... now I do what I please, when I please!
Now they all know what I am...

GILDA, 1946

Every man I knew went to bed with Gilda ... and woke up with me.

RITA HAYWORTH

"Nunca hubo una mujer como Gilda" rezaba el cartel de la película homónima dirigida por Charles Vidor en 1946. Y era del todo cierto, porque nunca podré olvidar la primera vez que la vi, y no me refiero a la película, sino a Gilda. Recuerdo que ya habían transcurrido unos veinte o treinta minutos de metraje y me preguntaba: "¿Pero quién diablos es la tal Gilda?, ¿cuándo aparecerá?". Y quizá fue en aquel preciso instante cuando Dios oyó mis plegarias, porque fue entonces cuando, en una escena de la cinta, George Macready -que interpretaba a Balin Mundson, dueño del casino donde trabajaba Johnny Farrell-, quien se había ausentado unos días de Buenos Aires -lugar donde sucede la trama en un ambiente muy aliadófilo, semejante al de la película Casablanca (1943)-, se dispone a presentar a Glenn Ford -Johnny Farrell- la mujer que se ha convertido en su esposa en unas recentísimas e inesperadas nupcias. ¡Y cuál fue nuestra sorpresa -la de Glenn Ford y la mía propia- cuando la vimos! La sorpresa de Ford era lógica, ya que Gilda había sido una antigua amante, pero la mía fue mayúscula...Allí me enamoré locamente, perdidamente y sin remedio, a mis catorce años, en plena pubertad, de Gilda.

Esa escena me impresionó. Era más o menos así: una mujer de espaldas, cerca de un tocador, vestida tan solo con una bata; se está peinando con extrema suavidad su larga y hermosa melena, está un poco agachada, es decir, con el pelo cubriéndole el rostro y dejando entrever una bonita nuca, de aquellas que gusta besar con suavidad, sintiendo tus labios en la fina piel de ella... De repente, alza su cabeza bruscamente, sus cabellos caen lentamente, colocándose ordenadamente sobre sus hombros, la mujer se gira y muestra la sonrisa más hermosa que he visto nunca jamás y que dudo que, en los años que me quedan, pueda ver otra igual. De esta manera fue como la conocí. ¡Oh, Gilda!, ¡Gilda!, ¡Gilda!...

*

Gilda era una mujer indomable, de una belleza salvaje e insultante, y su descaro no tenía límites. Conseguía y hacía lo que quería -"Hago lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero"- y tenía a los hombres postrados a sus pies -"Los hombres, en mis manos son juguetes"-, porque detrás de aquella carita de ángel y de su presumible ingenuidad, realmente se encontraba, sin duda alguna, una de las mejores, por no decir la mejor femme fatale -"Soy una mujer fatal como fatal es mi sino"- de la historia de Hollywood. Era ni más ni menos que Gilda, "la mujer" en todo su esplendor, aquella con la que todos los norteamericanos y los hombres del mundo entero hemos soñado alguna vez, y nos hemos despertado alegres de haber estado en sueños junto a ella y al mismo tiempo tristes de no tenerla en carne y hueso a nuestro lado... aunque en sus manos fuésemos simplemente nada más que eso, un juguete; un juguete en manos de la Diosa del Amor.

Y es que Gilda fue una auténtica bomba de relojería, era una especie de tormento y éxtasis, y ni un apuesto Glenn Ford -¡cuántos hubiéramos deseado ser él!- pudo amansar a la fiera, y simplemente porque la mujer en cuestión se llamaba Gilda. Todavía recuerdo las canciones que Rita cantó en la película: Amado Mío y Put the Blame On Me. La primera canción no tiene demasiada importancia si no es por la voz sensual y sugerente que empleó la actriz, quien mientras se movía a sus anchas por el improvisado escenario de aquel casino de Buenos Aires, no dejaba de mirar coquetamente -y hasta cierto punto provocativamente- a Johnny Farrell -Glenn Ford-, como si cantara exclusivamente para él; le sonreía con picardía y aunque me dé celos admitirlo, no dejaba de mirarle con la coquetería propia de una diablesa. Johnny, la derretía con la mirada, una mirada de amor-odio, pero aunque hubiera querido odiarla con todas sus fuerzas, no podía evitar quererla con toda su alma.

La segunda canción fue LA BOMBA -en mayúscula y en negrita-, ya que se convirtió en una de las escenas inmortales de la historia del cine: Gilda avanza por "su" escenario ataviada con un largo vestido de terciopelo negro y unos guantes largos -un par de dedos sobre el codo- a juego. Mientras canta la canción, seductora ella, moviendo esos jugosos labios carmíneos que parecen estar pidiendo a gritos un beso, Farrell observa desde una esquina. Al ver que Gilda, la mujer de su jefe, tan provocativa, tan insinuante, tan erótica, de la que él está, no obstante, profundamente enamorado, se despoja de uno de sus guantes y empieza a girarlo dando vueltas de muñeca mientras sigue cantando, decide, presa de los celos, subir al escenario y darle la bofetada más sonora y creíble de cuantas se dieron en el cine de la década de los cuarenta.

Aquí, en nuestro país, tan católico, apostólico y romano, la España de los pantanos, la España tan moral que diseño Franco a sangre y fuego, se creyó que la escena en cuestión era el prolegómeno de un strip-tease integral, y cómo no, la escena fue censurada y cortada, seguramente por cuatro tipos cortos de vista y de mollera, que debían creer que esa escena corrompería la moral y la conciencia del españolito de a pie.

El que censuró la escena, en mi opinión, era un pobre diablo, falto de ideas, porque, aparte de no saber si realmente a continuación venía un desnudo, no se le ocurrió pensar que a Rita Hayworth, en su papel de Gilda, no le ra necesario mostrar su ya de por si exhuberante anatomía. Hubiese bastado con una de sus miradas para sonrojar y ruboriozar a cualquiera. Su inimitable belleza, la espléndida feminidad de una mujer como ella, joven, dinámica -tenía veintiocho años cuando rodó Gilda-, era suficiente. Además, la insinuación, desde mi punto de vista, en ocasiones puede tener mucho más efecto en el espectador que un desnudo. Por si fuera poco, Rita Hayworth no era una mujerzuela -siempre fue toda una selora- y los productores de Columbia Pictures no eran unos vulgares proxenetas. Aquellos eran otros tiempos y no se necesitaba, como hoy en día, a una Sharon Stone o una Demi Moore cualquiera en pelotas -y que el lector me disculpe la expresión-, mostrando su generosa y voluptuosa anatomía rellena de silicona toda la cinta para sacar partido a la misma. No obstante, hay que mencionar que imaginarse a Rita Hayworth desnuda es como intentar recrear con el intelecto un desnudo de Venus, la Diosa del Amor; es decir, un placer inimaginable e indescriptible, prohibido para nosotros, simples mortales. Sin embargo, como anécdota -y aquí es donde entra en juego la clásica picaresca española- hay que comentar que más de un listo, se dedicó a vender en la calle desnudos femeninos a los que había superpuesto la cabeza de Rita Hayworth, atribuyendo un strip-tease integral que en la versión original nunca existió.

*

Pero la realidad, es que aquella jovencita que, con tan solo veintiocho años, conquistó a millones de hombres de todo el mundo sólo con esta película, no se llamaba Gilda, sino Rita, Rita Hayworth, aunque si he de ser correcto, su verdadero nombre era Margarita Carmen Cansino.

Rita Hayworth (1918-1987) era hija del bailarín español Eduardo Cansino y de la actriz Volga Hayworth, y nació en Brooklynn (New York). Entre otros, estuvo casada con el genial Orson Welles y con el príncipe Ali Kahn.

Con la película Gilda (1946) llegó al status de mito erótico. Junto a Betty Grable, Rita fue la Pin-Up [1] preferida de los soldados de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Corea. Muchos de los jóvenes que lucharon en estos dos grandes conflictos bélicos, llevaban su fotografía, ya fuera en el bolsillo de la guerrera, en el interior de la cabina de un tanque o su imagen pintada en el exterior del fusejaje de aviones tales como, por ejemplo, el mítico bombardero norteamericano B-52. Desde Normandía al Pacífico, desde las Árdenas a Iwo Jima, la fotografía de Rita Hayworth estaba presente en las bases militares o en tiendas de campaña. Cuando la muerte acechaba a cada paso y las balas silbaban funestas melodías al oido de los soldados, cualquier lugar, por muy infernal que este fuera, era bueno para enamorarse, otra vez, aunque fuera por el espacio de cinco minutos, de Rita Hayworth.

Dejando a un lado todas estas cuestiones y centrándome otra vez en Gilda, quisiera lanzar al aire una pregunta: ¿Hubiera acaparado Gilda la misma resonancia y relevancia en la la historia del cine si, en vez de Rita Hayworth, la película hubiera sido protagonizada por otra actriz? Según mi punto de vista -y seré tajante-, no. He estado pensando mucho estos últimos días acerca de esta pregunta y siempre llego a la misma conclusión. Tan sólo se me ocurre una actriz, pero como siempre sucede en estos casos, hay una serie de pros y serie de contras. La actriz en cuestión es Lauren Bacall, la viuda de Humphrey Bogart. Los puntos a favor serían que Bacall era una chica bellísima -no hemos de olvidar que antes de ser actriz fue una reputada modelo y que estudió Arte Dramático-, con una mirada turbadora e igual que Rita, poseedora de una inimitable clase y elegancia. Los puntos en contra serían que era una actriz de la Warner y los derechos de Gilda los poseía Columbia Pictures, en 1946 Bacall hubiera tenido sólo veintidós años -nació en 1924-, y para mí la razón más importante y quizá decisiva: no sé hasta que punto Lauren Bacall hubiese sido capaz de llenar la pantalla por si sola, es decir, ¿hubiera sido capaz de llevar el peso de la acción por ella misma?, ¿hubiese sido capaz de encarnar esa dualidad ángel/diablo que tan bien interpretaba Rita y provocar en el espectador el sentimiento de amor/odio? En una palabra: ¿hubiese calado tan hondo en el público de todo el mundo como lo hizo Rita Hayworth, inmortalizando a Gilda? La verdad, queridos lectores, creo que no. Y aunque me equivoque, nunca lo sabremos.

A pesar de ser buena actriz y ser la viuda de mi también muy admirado e idolatrado Humphrey Bogart, Lauren Bacall siempre ha tenido que vivir a la sombra de su difunto marido. Ella no podía llenar por sí sola la pantalla pero, sin embargo, fue la mejor partenaire que nunca tuvo Bogart; fue la réplica perfecta del tipo duro que encarnaba Bogart, la horma de su zapato, la chica que le hizo "cuadrar". A pesar de todo, no puedo imaginarme a Lauren Bacall en el papel de Gilda, pero, en cambio, no me es difícil imaginar -¿por qué será?- a Bogart en el papel de Johnny Farrell -con todos mis respetos a Glenn Ford-. Y aquí está la clave del asunto: el magnetismo. Y Rita Hayworth y Humphrey Bogart lo tenían.

*

En los años de la postguerra, en los Estados Unidos, el político republicano Joseph Mc Carthy -nombrado senador en 1947- inició su particular Caza de Brujas[2] y creó la House of Unamerican Activities[3] (1947-1954). Hollywood tampoco se libró de esta particular persecución y Rita Hayworth, una de las principales estrellas del mundo del celuloide, junto a otros colegas ilustres de profesión, como por ejemplo, los antes mencionados Humphrey Bogart y Lauren Bacall, Henry Fonda, Paulette Goddard, Burt Lancaster, Kirk Douglas, Katherine Hepburn, Gregory Peck, entre otros, en contraposición al citado comité, crearon el Comité de la Primera Enmienda para defenderse de tan absurdas y burdas acusaciones. Y aunque Mc Carthy tuvo famosos delatores y colaboradores, como por ejemplo, el director Elia Kazan y Gary Cooper -el americano modelo-, el senador fue destituído en 1954.

La vida de Rita Hayworth siguió su curso tranquila y normalmente después de estos incidentes y continuó desplegando su glamour por los estudios de Columbia Pictures, aunque después de los éxitos de Gilda (1946) y La Dama de Shanghai (1947) -esta última, en parte, gracias a la dirección de Orson Welles, que por aquel entonces era su marido-, sus películas, por muy buenas que estas fueran, nunca pudieron llegar a la altura de las dos mencionadas previamente, las cuales la encumbraron definitivamente al olimpo del cine.

La apodaban de La Diosa del Amor y el sobrenombre, le venía como anillo al dedo, sin embargo, le salió una seria competidora, en cuanto a belleza se refiere: Ava Gardner, cuatro años más joven que ella, a la que le colgaron el sambenito de El Animal más Bello del Mundo. La Gardner -primero en la Universal, después en la Metro-, a pesar de ser una de las vamps más esplendorosas del Hollywood de aquella época dorada, nunca consiguió el estrellato. Particularmente, la Gardner nunca me ha gustado -y mirad que lo he intentado- y creo que todo se debe a aquellos sujetadores puntiagudos que lucía en sus películas. Quizá era la moda de aquella época, pero... En una palabra, era muy difícil que alguien lograra desbancar a Rita de su trono de Reina de Hollywood, Reina de la Meca del cine.

Podría seguir glorificando la figura de Rita Hayworth a lo largo de varias páginas más, pero lo más prudente es acabar aquí. No voy a utilizar ni una sola línea de este "ensayo" para mencionar la decadencia de esta grandísima actriz. Estoy más que convencido que todos en esta vida hemos tenido -y tenemos todavía- mitos, y a todos nos gusta conservarlos intactos en la memoria, sin recordar que ya han fallecido y que sólo podremos disfrutar de ellos a través de las revistas especializadas, la televisión o Internet. En mi caso, prefiero recordar a Rita tal como era entonces, en la recta final de los cuarenta, interpretando el personaje que ella inmortalizó, Gilda, con aquel vestido de terciopelo necro y aquel erotismo que sólo La Diosa del Amor era capaz de desprender. Rita -o Gilda, que más da-fue la mujer que me enamoró hará catorce años y que, hoy en día, todavía ocupa un lugar muy especial en lo más profundo de mi corazón.

*

Por último, y a modo de anexo, cabe destacar que la iconografía de la película Gilda ha llegado intacta hasta nuestros días. El último ejemplo, lo encontramos en la película Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, 1994). Esta película se basa en un relato de 1982 del maestro del terror Stephen King, titulado Rita Hayworth and the Shawshank Redemption[4]. En la película se nos cuenta la historia de Andy Dufresne (Tim Robbins), un banquero condedano a cadena perpetua por el asesinato que no cometió de su mujer y el amante de esta. En la cárcel, poco a poco se va ganado la amistad de todos los reclusos, especialmente de Red (Morgan Freeman), quien dirige el mercado negro de la prisión.

La película Gilda es proyectada un buen día en el auditorio de la penitenciaría, con los comentarios pertinentes e impertinentes de los reclusos sobre la belleza de nuestra querida actriz. Viendo la película, Andy le pide a Red si le puede traer a Rita Hayworth. Red contesta que hará todo lo que pueda.

A las pocas semanas, Andy recibe un poster de la actriz que cuelga en su celda. Y ahí está la clave de la película, porque Andy, detrás del poster de Rita Hayworth, oculta un agujero inmenso por el que recuperará su ansiada libertad.

 

Notas y Bibliografía:

1. Pin-Up's: Chicas de calendario de los 40's, 50's.

2. La Caza de Brujas es el término que designa la etapa del maccarthismo (1950-1954), de una gran represión en los Estados Unidos.

3. El Comité de Actividades Antinorteamericanas fue creado por Joseph McCarthy, Cohn y Shine, y perseguía el ateísmo, el comunismo y la homosexualidad. Se llamaba a declarar a políticos, militares, actores, directores, escritores y un largo etcétera de personas cuyas profesiones estaban relacionadas con el mundo político, intelectual y artístico del país.

4. Se puede encontrar el relato completo Rita Hayworth and the Shawshank Redemption de Stephen King en la siguiente dirección de Internet: http://www.engl.virginia.edu/courses/enwr101/s97/33/reading/shank.htm

 

 

Iván Bono Vilar

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