There
NEVER was a woman like Gilda!
I was true to one man once... and look what happened!
... now I do what I please, when I please!
Now they all know what I am...
GILDA, 1946
Every man I knew went to bed with Gilda ... and woke up with
me.
RITA HAYWORTH
"Nunca
hubo una mujer como Gilda" rezaba el cartel de la película
homónima dirigida por Charles Vidor en 1946. Y era del
todo cierto, porque nunca podré olvidar la primera vez
que la vi, y no me refiero a la película, sino a Gilda.
Recuerdo que ya habían transcurrido unos veinte o treinta
minutos de metraje y me preguntaba: "¿Pero quién
diablos es la tal Gilda?, ¿cuándo aparecerá?".
Y quizá fue en aquel preciso instante cuando Dios oyó
mis plegarias, porque fue entonces cuando, en una escena de
la cinta, George Macready -que interpretaba a Balin Mundson,
dueño del casino donde trabajaba Johnny Farrell-, quien
se había ausentado unos días de Buenos Aires -lugar
donde sucede la trama en un ambiente muy aliadófilo,
semejante al de la película Casablanca (1943)-,
se dispone a presentar a Glenn Ford -Johnny Farrell- la mujer
que se ha convertido en su esposa en unas recentísimas
e inesperadas nupcias. ¡Y cuál fue nuestra sorpresa
-la de Glenn Ford y la mía propia- cuando la vimos! La
sorpresa de Ford era lógica, ya que Gilda había
sido una antigua amante, pero la mía fue mayúscula...Allí
me enamoré locamente, perdidamente y sin remedio, a mis
catorce años, en plena pubertad, de Gilda.
Esa escena me impresionó. Era más o menos así:
una mujer de espaldas, cerca de un tocador, vestida tan solo
con una bata; se está peinando con extrema suavidad su
larga y hermosa melena, está un poco agachada, es decir,
con el pelo cubriéndole el rostro y dejando entrever
una bonita nuca, de aquellas que gusta besar con suavidad, sintiendo
tus labios en la fina piel de ella... De repente, alza su cabeza
bruscamente, sus cabellos caen lentamente, colocándose
ordenadamente sobre sus hombros, la mujer se gira y muestra
la sonrisa más hermosa que he visto nunca jamás
y que dudo que, en los años que me quedan, pueda ver
otra igual. De esta manera fue como la conocí. ¡Oh,
Gilda!, ¡Gilda!, ¡Gilda!...
*
Gilda
era una mujer indomable, de una belleza salvaje e insultante,
y su descaro no tenía límites. Conseguía
y hacía lo que quería -"Hago lo que quiero,
cuando quiero y con quien quiero"- y tenía a los
hombres postrados a sus pies -"Los hombres, en mis manos
son juguetes"-, porque detrás de aquella carita
de ángel y de su presumible ingenuidad, realmente se
encontraba, sin duda alguna, una de las mejores, por no decir
la mejor femme fatale -"Soy una mujer fatal como fatal
es mi sino"- de la historia de Hollywood. Era ni más
ni menos que Gilda, "la mujer" en todo su esplendor,
aquella con la que todos los norteamericanos y los hombres del
mundo entero hemos soñado alguna vez, y nos hemos despertado
alegres de haber estado en sueños junto a ella y al mismo
tiempo tristes de no tenerla en carne y hueso a nuestro lado...
aunque en sus manos fuésemos simplemente nada más
que eso, un juguete; un juguete en manos de la Diosa del Amor.
Y es que Gilda fue una auténtica bomba de relojería,
era una especie de tormento y éxtasis, y ni un apuesto
Glenn Ford -¡cuántos hubiéramos deseado
ser él!- pudo amansar a la fiera, y simplemente porque
la mujer en cuestión se llamaba Gilda. Todavía
recuerdo las canciones que Rita cantó en la película:
Amado Mío y Put the Blame On Me. La primera
canción no tiene demasiada importancia si no es por la
voz sensual y sugerente que empleó la actriz, quien mientras
se movía a sus anchas por el improvisado escenario de
aquel casino de Buenos Aires, no dejaba de mirar coquetamente
-y hasta cierto punto provocativamente- a Johnny Farrell -Glenn
Ford-, como si cantara exclusivamente para él; le sonreía
con picardía y aunque me dé celos admitirlo, no
dejaba de mirarle con la coquetería propia de una diablesa.
Johnny, la derretía con la mirada, una mirada de amor-odio,
pero aunque hubiera querido odiarla con todas sus fuerzas, no
podía evitar quererla con toda su alma.
La segunda canción fue LA BOMBA -en mayúscula
y en negrita-, ya que se convirtió en una de las escenas
inmortales de la historia del cine: Gilda avanza por "su"
escenario ataviada con un largo vestido de terciopelo negro
y unos guantes largos -un par de dedos sobre el codo- a juego.
Mientras canta la canción, seductora ella, moviendo esos
jugosos labios carmíneos que parecen estar pidiendo a
gritos un beso, Farrell observa desde una esquina. Al ver que
Gilda, la mujer de su jefe, tan provocativa, tan insinuante,
tan erótica, de la que él está, no obstante,
profundamente enamorado, se despoja de uno de sus guantes y
empieza a girarlo dando vueltas de muñeca mientras sigue
cantando, decide, presa de los celos, subir al escenario y darle
la bofetada más sonora y creíble de cuantas se
dieron en el cine de la década de los cuarenta.
Aquí, en nuestro país, tan católico, apostólico
y romano, la España de los pantanos, la España
tan moral que diseño Franco a sangre y fuego, se creyó
que la escena en cuestión era el prolegómeno de
un strip-tease integral, y cómo no, la escena fue censurada
y cortada, seguramente por cuatro tipos cortos de vista y de
mollera, que debían creer que esa escena corrompería
la moral y la conciencia del españolito de a pie.
El que censuró la escena, en mi opinión, era un
pobre diablo, falto de ideas, porque, aparte de no saber si
realmente a continuación venía un desnudo, no
se le ocurrió pensar que a Rita Hayworth, en su papel
de Gilda, no le ra necesario mostrar su ya de por si exhuberante
anatomía. Hubiese bastado con una de sus miradas para
sonrojar y ruboriozar a cualquiera. Su inimitable belleza, la
espléndida feminidad de una mujer como ella, joven, dinámica
-tenía veintiocho años cuando rodó Gilda-,
era suficiente. Además, la insinuación, desde
mi punto de vista, en ocasiones puede tener mucho más
efecto en el espectador que un desnudo. Por si fuera poco, Rita
Hayworth no era una mujerzuela -siempre fue toda una selora-
y los productores de Columbia Pictures no eran unos vulgares
proxenetas. Aquellos eran otros tiempos y no se necesitaba,
como hoy en día, a una Sharon Stone o una Demi Moore
cualquiera en pelotas -y que el lector me disculpe la expresión-,
mostrando su generosa y voluptuosa anatomía rellena de
silicona toda la cinta para sacar partido a la misma. No obstante,
hay que mencionar que imaginarse a Rita Hayworth desnuda es
como intentar recrear con el intelecto un desnudo de Venus,
la Diosa del Amor; es decir, un placer inimaginable e indescriptible,
prohibido para nosotros, simples mortales. Sin embargo, como
anécdota -y aquí es donde entra en juego la clásica
picaresca española- hay que comentar que más de
un listo, se dedicó a vender en la calle desnudos femeninos
a los que había superpuesto la cabeza de Rita Hayworth,
atribuyendo un strip-tease integral que en la versión
original nunca existió.
*
Pero
la realidad, es que aquella jovencita que, con tan solo veintiocho
años, conquistó a millones de hombres de todo
el mundo sólo con esta película, no se llamaba
Gilda, sino Rita, Rita Hayworth, aunque si he de ser correcto,
su verdadero nombre era Margarita Carmen Cansino.
Rita Hayworth (1918-1987) era hija del bailarín español
Eduardo Cansino y de la actriz Volga Hayworth, y nació
en Brooklynn (New York). Entre otros, estuvo casada con el genial
Orson Welles y con el príncipe Ali Kahn.
Con la película Gilda (1946) llegó al status
de mito erótico. Junto a Betty Grable, Rita fue la Pin-Up
[1]
preferida de los soldados de la Segunda Guerra Mundial y de
la Guerra de Corea. Muchos de los jóvenes que lucharon
en estos dos grandes conflictos bélicos, llevaban su
fotografía, ya fuera en el bolsillo de la guerrera, en
el interior de la cabina de un tanque o su imagen pintada en
el exterior del fusejaje de aviones tales como, por ejemplo,
el mítico bombardero norteamericano B-52. Desde Normandía
al Pacífico, desde las Árdenas a Iwo Jima, la
fotografía de Rita Hayworth estaba presente en las bases
militares o en tiendas de campaña. Cuando la muerte acechaba
a cada paso y las balas silbaban funestas melodías al
oido de los soldados, cualquier lugar, por muy infernal que
este fuera, era bueno para enamorarse, otra vez, aunque fuera
por el espacio de cinco minutos, de Rita Hayworth.
Dejando a un lado todas estas cuestiones y centrándome
otra vez en Gilda, quisiera lanzar al aire una pregunta:
¿Hubiera acaparado Gilda la misma resonancia y
relevancia en la la historia del cine si, en vez de Rita Hayworth,
la película hubiera sido protagonizada por otra actriz?
Según mi punto de vista -y seré tajante-, no.
He estado pensando mucho estos últimos días acerca
de esta pregunta y siempre llego a la misma conclusión.
Tan sólo se me ocurre una actriz, pero como siempre sucede
en estos casos, hay una serie de pros y serie de contras. La
actriz en cuestión es Lauren Bacall, la viuda de Humphrey
Bogart. Los puntos a favor serían que Bacall era una
chica bellísima -no hemos de olvidar que antes de ser
actriz fue una reputada modelo y que estudió Arte Dramático-,
con una mirada turbadora e igual que Rita, poseedora de una
inimitable clase y elegancia. Los puntos en contra serían
que era una actriz de la Warner y los derechos de Gilda
los poseía Columbia Pictures, en 1946 Bacall hubiera
tenido sólo veintidós años -nació
en 1924-, y para mí la razón más importante
y quizá decisiva: no sé hasta que punto Lauren
Bacall hubiese sido capaz de llenar la pantalla por si sola,
es decir, ¿hubiera sido capaz de llevar el peso de la
acción por ella misma?, ¿hubiese sido capaz de
encarnar esa dualidad ángel/diablo que tan bien interpretaba
Rita y provocar en el espectador el sentimiento de amor/odio?
En una palabra: ¿hubiese calado tan hondo en el público
de todo el mundo como lo hizo Rita Hayworth, inmortalizando
a Gilda? La verdad, queridos lectores, creo que no. Y
aunque me equivoque, nunca lo sabremos.
A pesar de ser buena actriz y ser la viuda de mi también
muy admirado e idolatrado Humphrey Bogart, Lauren Bacall siempre
ha tenido que vivir a la sombra de su difunto marido. Ella no
podía llenar por sí sola la pantalla pero, sin
embargo, fue la mejor partenaire que nunca tuvo Bogart;
fue la réplica perfecta del tipo duro que encarnaba Bogart,
la horma de su zapato, la chica que le hizo "cuadrar".
A pesar de todo, no puedo imaginarme a Lauren Bacall en el papel
de Gilda, pero, en cambio, no me es difícil imaginar
-¿por qué será?- a Bogart en el papel de
Johnny Farrell -con todos mis respetos a Glenn Ford-. Y aquí
está la clave del asunto: el magnetismo. Y Rita Hayworth
y Humphrey Bogart lo tenían.
*
En
los años de la postguerra, en los Estados Unidos, el
político republicano Joseph Mc Carthy -nombrado senador
en 1947- inició su particular Caza de Brujas[2]
y
creó la House of Unamerican Activities[3]
(1947-1954). Hollywood tampoco se libró de esta particular
persecución y Rita Hayworth, una de las principales estrellas
del mundo del celuloide, junto a otros colegas ilustres de profesión,
como por ejemplo, los antes mencionados Humphrey Bogart y Lauren
Bacall, Henry Fonda, Paulette Goddard, Burt Lancaster, Kirk
Douglas, Katherine Hepburn, Gregory Peck, entre otros, en contraposición
al citado comité, crearon el Comité de la Primera
Enmienda para defenderse de tan absurdas y burdas acusaciones.
Y aunque Mc Carthy tuvo famosos delatores y colaboradores, como
por ejemplo, el director Elia Kazan y Gary Cooper -el americano
modelo-, el senador fue destituído en 1954.
La vida de Rita Hayworth siguió su curso tranquila y
normalmente después de estos incidentes y continuó
desplegando su glamour por los estudios de Columbia Pictures,
aunque después de los éxitos de Gilda (1946)
y La Dama de Shanghai (1947) -esta última, en
parte, gracias a la dirección de Orson Welles, que por
aquel entonces era su marido-, sus películas, por muy
buenas que estas fueran, nunca pudieron llegar a la altura de
las dos mencionadas previamente, las cuales la encumbraron definitivamente
al olimpo del cine.
La apodaban de La Diosa del Amor y el sobrenombre, le
venía como anillo al dedo, sin embargo, le salió
una seria competidora, en cuanto a belleza se refiere: Ava Gardner,
cuatro años más joven que ella, a la que le colgaron
el sambenito de El Animal más Bello del Mundo.
La Gardner -primero en la Universal, después en la Metro-,
a pesar de ser una de las vamps más esplendorosas del
Hollywood de aquella época dorada, nunca consiguió
el estrellato. Particularmente, la Gardner nunca me ha gustado
-y mirad que lo he intentado- y creo que todo se debe a aquellos
sujetadores puntiagudos que lucía en sus películas.
Quizá era la moda de aquella época, pero... En
una palabra, era muy difícil que alguien lograra desbancar
a Rita de su trono de Reina de Hollywood, Reina de la Meca del
cine.
Podría seguir glorificando la figura de Rita Hayworth
a lo largo de varias páginas más, pero lo más
prudente es acabar aquí. No voy a utilizar ni una sola
línea de este "ensayo" para mencionar la decadencia
de esta grandísima actriz. Estoy más que convencido
que todos en esta vida hemos tenido -y tenemos todavía-
mitos, y a todos nos gusta conservarlos intactos en la memoria,
sin recordar que ya han fallecido y que sólo podremos
disfrutar de ellos a través de las revistas especializadas,
la televisión o Internet. En mi caso, prefiero recordar
a Rita tal como era entonces, en la recta final de los cuarenta,
interpretando el personaje que ella inmortalizó, Gilda,
con aquel vestido de terciopelo necro y aquel erotismo que sólo
La Diosa del Amor era capaz de desprender. Rita -o Gilda, que
más da-fue la mujer que me enamoró hará
catorce años y que, hoy en día, todavía
ocupa un lugar muy especial en lo más profundo de mi
corazón.
*
Por
último, y a modo de anexo, cabe destacar que la iconografía
de la película Gilda ha llegado intacta hasta
nuestros días. El último ejemplo, lo encontramos
en la película Cadena Perpetua (The Shawshank
Redemption, 1994). Esta película se basa en un relato
de 1982 del maestro del terror Stephen King, titulado Rita
Hayworth and the Shawshank Redemption[4].
En la película se nos cuenta la historia de Andy Dufresne
(Tim Robbins), un banquero condedano a cadena perpetua por el
asesinato que no cometió de su mujer y el amante de esta.
En la cárcel, poco a poco se va ganado la amistad de
todos los reclusos, especialmente de Red (Morgan Freeman), quien
dirige el mercado negro de la prisión.
La película Gilda es proyectada un buen día
en el auditorio de la penitenciaría, con los comentarios
pertinentes e impertinentes de los reclusos sobre la belleza
de nuestra querida actriz. Viendo la película, Andy le
pide a Red si le puede traer a Rita Hayworth. Red contesta que
hará todo lo que pueda.
A las pocas semanas, Andy recibe un poster de la actriz que
cuelga en su celda. Y ahí está la clave de la
película, porque Andy, detrás del poster de Rita
Hayworth, oculta un agujero inmenso por el que recuperará
su ansiada libertad.
Notas
y Bibliografía:
1.
Pin-Up's: Chicas de calendario de los 40's, 50's.
2.
La Caza de Brujas es el término que designa la etapa
del maccarthismo (1950-1954), de una gran represión en
los Estados Unidos.
3.
El Comité de Actividades Antinorteamericanas fue creado
por Joseph McCarthy, Cohn y Shine, y perseguía el ateísmo,
el comunismo y la homosexualidad. Se llamaba a declarar a políticos,
militares, actores, directores, escritores y un largo etcétera
de personas cuyas profesiones estaban relacionadas con el mundo
político, intelectual y artístico del país.
4.
Se puede encontrar el relato completo
Rita Hayworth and the Shawshank Redemption de Stephen
King en la siguiente dirección de Internet: http://www.engl.virginia.edu/courses/enwr101/s97/33/reading/shank.htm