7
enero 2002

Amparo
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El arte
      de morir
Cartel de la película El arte de morir


Reflexión
sobre la película
y más

 

Llueve despacio en mi pasado. Oigo su voz:
Viene ausentarse para siempre.
Un perro ladra desde lejos,
Su dentadura aferrada a mi costado.

Quién me arrebata la niñez,
Qué muerto viene a visitarme;
Trae el abandono entre las manos,
Algas enredándose en mi pelo.
Vuelvo la cabeza: miedo a perder la memoria.

Javier Azpeitia, de "Miedo a perder la memoria"

El arte de morir[1] es, según la definió su propio director, Alvaro Fernández Armero, "una película ecléctica que entronca con el cine de ahora, de flash-backs y sin percepción real. Sin ser una referencia podría tener algo de Matrix, Crash o Gattaca… Todo es asfixiante, claustrofóbico e inususal: los decorados, la fotografía, el vestuario. Un grupo de jóvenes, casi sin pasado pero ya con una losa sobre sus espaldas, un hecho desgraciado que les cae encima como una maldición y que marca sus vidas, buscan una explicación al final del túnel en el que parecen haberse perdido, pero esa explicación no llega, y cuando llega es mejor no escucharla."

El objetivo más básico, entonces, fue "meterle al público el miedo en el cuerpo. Se trata de transplantar el modo de pensar y ver del cine europeo, a este género que parecía ser patrimonio casi exclusivo de los americanos".

La película como producto comercial no se plantea, pues, mayores trascendencias, que incluirse en el género del terror. Pero, puesto a nuestra disposición para examinar, y ponderar, puede servirnos para enlazar con estructuras y estilos de la narrativa como, por ejemplo, la novela breve de Hugo Burel, El guerrero del crepúsculo[2] (ganadora del último premio de Narrativa Lengua de Trapo ) que nos zambullen de lleno - o al menos eso pretenden -- en el mundo "después de la vida y antes de la muerte".

Y tanto en el cine como en la narrativa, el flash back se establece como estilo de la memoria agonizante, o deambulante. Incluso podrían encontrarse asociaciones entre el monólogo interior (desde Mientras agonizo, de W. Faulkner) narrativo y el punto de vista fílmico, la claustrofobia como efecto en el espectador.

Tanto en la película como en la novela, existe un guía hacia el más allá, un personaje que cumple las funciones de Virgilio: el despreciable doctor Andrassy en El Guerrero del Crepúsculo, tan diferente al Nacho de El Arte de Morir.

Transcurridas casi dos terceras partes de El arte de morir, suenan las reveladoras palabras de Nacho (Gustavo Salmerón), quien, tras ser asesinado por un grupo de sus amigos, es el Virgilio encargado de conducirnos por el delta, el laberinto de círculos de este mundo más allá de la vida, que aún no sabemos si es infierno o purgatorio…

"Tardamos nueve meses en nacer. Tal vez la muerte sea un proceso lento. y tardemos meses en morir" … Así, el ánima de Nacho nos guía por este infierno pagano, o agnóstico, creado por las mentes de sus jóvenes asesinos.

Que el infierno está dentro de nosotros es un concepto encarnado, por ejemplo, para enlazar con el mismo tema, en las dos películas de A. Amenábar Abre los Ojos y Los Otros.

En El Arte de Morir, salvando todas las distancias, casi inconmensurables, entre ambas películas, las muertes sucesivas de cada uno de ellos no tienen porqué interpretarse como una venganza de Nacho: dentro de la mente de Iván (Fele Martínez), y de Clara (María Esteve), son avisos, signos de lo que "en realidad" pasó al incendiarse la casa mientras intentaban desenterrar el cadáver de Nacho. Es decir, lo que creen presente no es más que recuerdo de un pasado clausurado para siempre, en cuanto vida, que una y otra vez recorren (por esto es laberinto), engañándose en su creencia de que todo sigue discurriendo en el mismo plano de realidad. Es decir, encontramos la idea , que tanto juego dará, de los diferentes planos coexistentes y simultáneos, planos temporales. Y este juego es mucho más que un flash back, o retroceso desde un punto b a un anterior punto a del tiempo, como puntos fijos, ya que la memoria de los personajes se desordena como la misma narrativa fílmica, que se puede volver , en este juego del laberinto, muy poco coherente.

No hay en El Arte de Morir posibilidad de enfoques o sugerencias teológicas, como en Los otros, de cuyos personajes se puede decir que son como los condenados al infierno, y al purgatorio, que viven en las tinieblas del desconocimiento y la ausencia de la luz de Dios. Los personajes de El arte de morir se aferran a su vulgaridad (todos, menos Nacho), al uso del lenguaje común sin casi doble sentido posible. Aunque carece El arte de morir de suficiente intensidad - a mi entender, le sobran varios minutos, hay diálogos sin pulir que carecen de significación, y , en cambio, otros sugerentes: como la explicación de que Nacho empuja a la muerte a cada uno de sus examigos, para alimentarse de sus recuerdos y no perderse en la nada . Nos deja el regusto de lo siniestro, induciendo a un tipo de reflexión diferente al del film de Amenábar (por su mayor falta de coherencia): palabras para un cultivo de ideas en disipación [3]… en tonos azules, gama que predomina en la fotografía de la película de Fernández Armero.

El mecanismo de la narración es muy similar en ambas películas, salvando todas las distancias. Los personajes que las narran están muertos, pero no lo saben, como aprendemos en Los otros en el desenlace, y en la película de Fernández Armero gracias al revelador encuentro entre Nacho y su mejor amigo, Iván, en una fantasmagórica y desierta estación de Metro. Vivimos, en todo el tiempo de narración de la película, en el universo irreal de unos seres irreales (ánimas), en unos mundos hechos de sus sueños y de sus recuerdos, siempre mezclándose, de los fragmentos de una memoria ya no agonizante, sino traspasado el umbral, una memoria en descomposición, putrefacta como los cuerpos de sus protagonistas… que se desmorona en torno a un hecho central.

Las funciones que, en Los otros, desempeñan los tres sirvientes de la neurótica Grace, en El arte de morir las cumple Nacho, y en El guerrero del crepúsculo, el cirujano alcohólico (el ya mencionado doctor Andrassy) que es el cirujano que opera (llevándolo a la muerte) al mismísimo narrador. Estos personajes (los tres criados, Nacho, Andrassy) son "intermediarios", guías, ánimas que dan la bienvenida a la revelación del ser nuevos habitantes del más allá, en la ultratumba o en el tiempo insondable del cerebro en estado de coma (en el caso del narrador de El Guerrero del Crepúsculo) , instantes o meses del encefalograma plano (imagen simultánea en las pantallas, y alucinación que precede a la muerte de uno de los personajes de la película de Fernández Armero).

Ante la revelación, los enigmas tienen una respuesta, aunque sea atroz, y cada palabra que hemos escuchado antes se nos descubre preñada de significados:

"nuestra mente es el peor fiscal… Las alucinaciones de la esquizofrenia sirven para ocultar un fantasma que nos acusa de algún crimen", insinúa la psicóloga que consulta Clara, para saber si Iván - quien dice conversar con el fantasma-se está volviendo loco:

Con perfidia, como en El guerrero…, cuenta el Dr. Andrassy:

"La necesidad del error justifica lo que somos, así de sencillo. Un cálculo fallido en el plano de un edificio origina el derrumbe con muerte de los ocupantes, la copa de más del conductor es la mala maniobra que precede al atropello con aplastamiento de masa encefálica. Un tajo infinitesimal en un delgado nervio deriva en la mano estropeada del pianista. Luego, la que queda buena sostendrá el revolver que venga o suicida. La cosecha es infinita y por ella vamos nosotros, los intermediarios. …

— ¿Ustedes? ¿Quiénes? — pregunto, y mis palabras suenan vacías, inútiles.

— Los que hacemos el favor y facilitamos el pasaje. A veces la barca se tranca, se extravía o no quiere avanzar. Lo llamamos "el último trámite".

— Sigo sin entender — digo, y Andrassy se impacienta.

— No tiene por qué entender nada: no se trata de entender, la cuestión es aceptar. La palabra esperanza, y la palabra espera tienen la misma raíz y aquí solo hay lugar para una sola. …"
(pág. 88)

Las tres obras, novela y películas, también se leen retrospectivamente, ya que el desenlace nos lleva a reorganizar (en escasos minutos) toda la información que se nos ha ido revelando fragmentariamente, misteriosa y hermética hasta que cada pieza adquiere su valor en el gran rompecabezas que se juega desde el inicio. Escenarios recordados una y otra vez, que van perdiendo elementos hasta desaparecer en la niebla del olvido [4], cotidianeidad que revela nuevos aspectos, y nos seduce con la intriga de lo incomprensible, aunque siempre late, por detrás, acechante, la amenaza de la revelación que destruirá la espera y la esperanza: estamos en la muerte, en un presente eterno, aunque sea posible volver atrás, al pasado que conduce por interminables puertas, cada vez más adentro del laberinto… Tal vez no haya salida, aparte de este conocimiento, en un largo proceso que recuerda a un purgatorio, ya que en cada caso (menos en la novela) hay un crimen que purgar…

La memoria en descomposición se va borrando, pero a la vez puede organizarse en miles de fragmentos de un gran caleidoscopio, como nos cuenta Gabriel Calavieri, el narrador de El guerrero del crepúsculo , o tal vez, en un anillo de Moebius [5]. O, como se nos cuenta en la mencionada película de Amenábar, Abre los Ojos, como una realidad virtual superpuesta a la ficticia-real, de tal modo que resulta imposible distinguir la vida de la muerte y del sueño.

 

Notas y Bibliografía:

1. El arte de morir, dirigida por Álvaro Fernández Armero, 2000. Guión: Juan Vicente Pozuelo y Francisco Javier Royo.

2. El guerrero del crepúsculo, de Hugo Burel, editorial Lengua de Trapo, Madrid, 2001.

3. Algunas de las características que Calabrese encontró dentro de nuestro tiempo, al que define como neobarroco, son la inestabilidad y metamorfosis, la complejidad y disipación, así como el desorden y el caos. Omar Calabrese: Neo-Baroque: A Sign of the Times. Princeton: Princeton UP, 1992.

4. Hay un antecedente de esta pérdida material , este despojarse de objetos el mundo, en destrucción entrópica, en la novela de Rosa Montero, Temblor (Seix Barral, 1990), que también partió de la hipótesis "¿qué pasaría si hubiera un mundo que sólo existiera si alguien lo pensase?"

5. Como sucede también en la fascinante novela de Javier Azpeitia Hipnos (Lengua de Trapo, Madrid, 2002) y en el cuento antecesor y precursor "Anillo de Moebius" de J. Cortázar (en Queremos tanto a Glenda, c. 1983). Este último cuento penetra en el monólogo de una mujer violada y asesinada, cuyo fantasma busca unirse a su verdugo.

 

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