Hablabas
de la emoción. Tan desgarrado por las dinastías
del enigma, juntabas los desperdicios sublimes que el sol nace
y descubre al contraluz de la pérdida, otra pérdida.
Era
el pensar. Era toda la profanación de tus años como
un crimen movible: hembra y macho incrustándose en la forma
de un niño hasta comerlo. Era un emperador lunar en la
soledad de los prostíbulos. Eran los perros carniceros
que persiguen mis huellas. Era el hermafrodita llevado en su carroza
y adorado como un dios musical. Era Miguel Angel, poeta, crispando
tus yertas flores de áloe. Era Leonardo, fijando para siempre
el rostro del Cristo y el de medusa. Era el abrirse de una violeta
en la tumba de Apolonio de Tyana. Era el fósforo, la cal,
el desaliento. ¿La indeclinable larva de las vírgenes?
Escribo
sobre la emoción con cuchillos envenenados. Pasa una muchedumbre
junto a las alcantarillas. Mírame. Incluso la lluvia puede
parecer una fiesta.