14
septiembre 2002

 

     Luis
 
      Ferrer
  


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14
septiembre 2002

Luis
 
 Ferrer
  


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Los dulces sapos están llorando antes de llegar a los Tuxtlas

 

Homenaje a Juan Rulfo y a F.G.L.

 

Los dulces sapos están llorando antes de llegar a los Tuxtlas.
          Eramos tres. Mis dos amigos, mi soledad con caracoles arrugados y yo.

(Pregunta voz de lo alto, con besos de niño en los farolitos de un cielo que se vuelve amante de una mano de polvo y café con leche que le asoma al viento de abril.)

                    ¿ Y quien es yo?

Mi respuesta fría, evasiva, en un espacio estrellado donde se reflejan los manantiales muriéndose de amor fue, yo, yo.

(El eco nuevamente arremete para ahogar mi figura en el río. Escuchó la voz de dos luceros almorzando muerte y sonidos de borracho en mis hombros.)

                    ¿Y quien es yo, de donde vienes?

 

[YO]

Vengo del sur, de la cárcel cuya puerta es la luna, tengo rosa y azufre en los labios, y esta marca mojada, una barca de niñas y colmillos de yerba, que el corazón verde y sin luciérnagas estrelló marchita en mis carnes, con el filo de trece cuchillos que me hacían transparente en el sonido de las sangres bajo el agua; o tal vez con el de una manada de perros rabiosos que se suicidan de desolación.
          Mi delito oscura voz, fue haber olvidado que en abril los sapos también lloran.

 

[LA VOZ]

¡A que torpeza! Cualquiera sabe que los sapos siempre gustan de llorar, lo mismo en abril que en enero. Pero no has dicho hombrecillo, ¿quién eres?, ¿Y estos dos lagartos que se echan el color de la desgracia encima? Yo voy a los Tuxtlas.
          Tú has de venir de la arena que quiere morirse siendo caballito de mar de la mano de la luna, luna, lunera, o manantial, verdad, pero nunca mar, nunca, nunca.
          El mar es pestilente, es la tumba de marineros que ven nacer en las olas, en el ombligo de las cigüeñas, antiguos países que sueñan el aroma del monte.

 

[YO]

Soy un gitano. Nací con naranjas en la nieve. Tuve por cuna una fría boca boreal y las tetas agrias de las estrellas. Ahí los ríos tocan su tambor plateado.
          Recuerdo bien como gruñe y gruñe la mujer que duerme en mil pedazos de mariposa, desnuda de flor y brisa. Fue la manzana, la cópula del diablo, con todo el tallo del cielo y la serpiente, quienes gritaron, "no te asustes, yo siempre fui un ángel y la manzana, la piedra que rompió los cristales de toda revelación".
          Quise que la tierra me tragara el cuerpo con la sangre abierta al sol, dejar crecer un instante mi infancia en la casa de los ecos y naranjos. Leí entonces en un espejo donde se adivinaban los hondos universos adornados de unicornios y cíclopes que me nacían en el corazón, unos ojos verdes que dormían el papel y el verso para la niña que llenaba al cielo con manos de silencios, gemidos y rocío ¿Qué debí encontrar?, ¿la noche lloviendo albatros, la tinta y el viento? Sólo un recado inscrito en un trozo de sombra: tú eres el hijo de la muerte.

 

[LA VOZ]

Basta, no quiero mirar atrás. Ya se me ha hecho tarde, y tengo que llegar a los Tuxtlas antes de clarear. La muerte puede tener bastardos...

(Irrumpe amigo uno)

¿Y quien es usted ilustre y amabilísima? Yo me llamo Pedro. Tiene rato que el camino es un abanico de pensamientos diferentes, invisibles a las respuestas del árbol, que ya me saben a un laberinto de la noche para azotar el bajo vientre de la aurora. No sabemos por donde queda el camino. También compartimos el mismo destino que usted.

 

[YO]

La verdad si sabíamos, pero el camino nos perdió, para ir apostar el cirio, la constelación y el temblor de los muslos de una dulce hembra.

 

[LA VOZ]

¿Quieres montar en la grupa de mi caballo?

 

[YO]

Pero si ni siquiera los veo.

 

[LA VOZ]

Es hermoso, de un negro salvaje que azota a los hombres contra las piedras, cuando no los desmiente el rayo.

 

[YO]

Sin duda.

 

[LA VOZ]

¿Quieres montar?

 

[YO]

No.

 

Se oye a lo lejos:

                    Flor del ser
                    Flor del río

 

[LA VOZ]

Falta mucho para llegar. Cualquier ladrón te arrancaría las entrañas y las veinte monedas que ocultas dentro de la respiración, sin que siquiera te dieras cuenta.
          
¿Porque no quieres montar?

 

[YO]

Porque mis pies todavía piden hablarle al río. Mojarse con los sonidos de las piedras y la sangre equivocada que se vistió de frío.

 

[LA VOZ]

Ja ja ja ja jaja ja jajaja ja ja jaja ja ja. Eres tonto, tú que dices ser hijo de la muerte, sin duda sabrás cuántos hijos puede tener la muerte.

 

[YO]

El niño come lunas y limas con la pancita hacia arriba. Yo lo veo desde donde la espada puso huevos de rencor en la herida, es decir, una colmena de nubes.
          
Ay de la muerte, triste casada, como relumbran los pájaros del beso en su cuello húmedo. Sólo le recuerdo como mujer maldecir, húyete ya que todavía no hemos nacido. Flor del cielo. Flor del río. Yo mi buen señor o jinete de las hogueras, desconozco en verdad cuantos hijos tiene la muerte.

 

[LA VOZ]

Flor del ser, espiral de mi alma. concede a mis sueños un largo aliento.

 

[YO]

No lo veo, pero podemos ir con usted. Su voz nos puede servir de ruta.

 

[LA VOZ]

Los Tuxtlas no están lejos. Aún con los ojos arrancados para festín de los cerdos, llegarían. Dudo mucho que quisieran acompañarme a llorar el viento luego de un buen aguardiente.

 

[YO]

Y usted, ¿quién es? No nos dejará con la burla agrandando la fatiga.

 

[LA VOZ]

Nadie me ha visto. Ni la palabra ni el golpe furtivo del hacha en la piel del cielo que corría por el río te herirán. Yo soy la muerte.

 

Eramos tres. Mis dos amigos, el amanecer y yo.
          Nunca he olvidado que los dulces sapos de abril lloran antes de llegar a los Tuxtlas.

 

 

Luis Ferrer   

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