7
enero 2002

Yván
 
    Silén

 

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Vi ego a Dios


A los poetas del espanto,
y a los amigos de l'angustia.

 

En la santidad de mamá la muerte babea, y
lejos, remotamente lejos, los poetas
también babean en las cráteras
como esas madres hermosas que aterran los espejos.

La vi arrugarse como lesbia, la vi
podrirse, como esos idiotas líricos
en las peñas poéticas d'excrementos, rodeados de
rosas marchitas, de blancos conceptos, como si

fueran ciertos, o como si ciertos los poetas
recitaran estultos, o tontos evacuaran
en el cáliz de cartón, o en las cráteras

de latas, o en los patios vacíos
de las sombras do cae la lluvia ajena,
en los corredores de las hermosas sifilíticas.


*****


Los vi escarbar, pintarse las uñas, y
tornarse grises, como madres lesbias que juegan
y fingen y se visten de maricas en
los ambitus del templo. Y sueñan y gulan,

eucaristían en una tarde gris de
luna semen: un eclipse de sol frente a las playas
oscuras, do miles de gaviotas, como copas
rotas, como niñas rotas, como madres

que han comenzado a podrirse en los espejos.
Los vi vomitar el prepucio de Dios, las muñecas de
Dios, los clavos, las astillas. Los vi sansebastiarse, los

vi befar, como madres que babean oscuras,
siniestras, supurando el Viernes Santo d'esasotras que
cantan oscuras...en los corredores infestadas.

*****

Era el infierno, la muerte, la noche
agria de los poetas necrofílicos
en las guaguas amarillas de Dios
sobre los puentes de Manhattan. Se suicidaron,

se revolcaban, s'enterraron lápices
por el falo, peces por el falo, agujas por el
falo, hostias, grapas, botones, muertos por el falo,
a la hora cierta en que la bombatómica

estallaba en las vulvas de las niñas, o
en el culo d'esas madres indómitas
que venden niños, y matan niños y cuecen niños

debajo de los puentes, encima de los ríos,
encima de la lluvia, o debajo de las aguas
de los puentes encendidos de Manhattan.

*****

La muerte está babeando en el día del espanto
y salió conmigo y soñó conmigo (¡zape!,
orgasma), rosas blancas, risas rancias,
muertos candes empolvados como niñas viejas.

Caducas madres por los besos deshojados de la muerte.
Vi Ego a los poetas, los toqué, los escupí para que
despertaran y miraran y oyeran y vieran el
caballo mío bermejo del asco y de las sombras.

Pero los poetas se reían, se reían,
como madres desleales con la muerte,
madres calvas en las tapias del Hades

clavadas, camafeadas con tachuelas, con vidrios,
con rosas. Y llamé ego, advertí, advertí
(Manuel, Arzola, Néstor, el Che, Paoli)

en medio de la voz ninguno, en medio de Dios
ausentes, faxean, telegraman, poesían,
pero sólo oyeron a los peces de l'angustia y

levantaron el grito en medio del espejo, y
nadie oyó a Dios a mitad de la lengua, porque
los poetas se reían, se reían

y la muerte en la mampara del horno los cremaba
y los horneaba con la mano del jinete a la
hora del sueño en las puertas de San Juan,

entre la realidad y el vacío, el jinete
los soñaba, entre la verdad y lo falso y
vi Ego a Dios vestido de Buzo
orinando contra los poetas rosas y los mercaderes amarillos,
contra todo valor y contra toda mentira,
contra la lluvia y la muerte,
contra el silencio

¡Vi ego a Dios...
atravesado de navajas!

*****


8 de noviembre del 2001
Nueva York

Yván Silén

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