7
enero 2002
   
Manuel
 
  Lozano


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MEDITACION SOBRE UN PRELUDIO A SOLAS


Y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima,
y le preguntó si veía algo.

Marcos VIII, 3

A Juan José Arreola

 

Todos los hombres pierden el camino de regreso.
Sucede desde la primera sed de la criatura.
La fulgurante procesión de escarchas
fluye en las cortezas y no sabe morir.
Nada revelaría el camino, ni la flor cenicienta,
ni el alimento -a oscuras- en el umbral de esta salida.
El ciervo vulnerado percibe los barrotes.
Han bebido el ácido feroz sobre las cláusulas.
¿Hubo un sueño aquí llamado lluvia,
una palabra que nombrara un sueño llamado lluvia?
Muchedumbres son carcoma de la noche,
derretida como un cóncavo incendio de mi transparencia.
La memoria canta a traición.
Rotan caretas simuladas vagamente
hacia el bosque, el más duro abandono.
Acumulas eternidad en tenues caligrafías sin navajas.
¡Que no surja el esplendor de tus sótanos!
El ataúd de nuestra sangre ya fue abierto.
Un salmo se entremezcla con murmullos.
¿No hubo acaso una brújula de hierro sapientísima
que guiara tu orfandad como un latido?
Es tan lejos la vigilia.
A los costados, sólo verías fosas e inscripciones:
¿quién será ungido, desnudez,
pero quién comerá su podredumbre?
Olvidaste la Puerta, a imagen y semejanza
de tus precoces, voraces nacimientos.

Los carbones encendidos velarán hasta la muerte.
No estaba allí la cuna poblada de alacranes,
el trono enardecido para la demencia.
(Al mirar fijamente, alcanzarás la pequeña cruz
donde roen un corazón leproso.
Hay huesecillos, también. Hay huesecillos.)
Un niño vestido con espejos me lame ahora
la raíz secreta de la herida.
Si surjo entre dunas me redimes,
como si fueras un colibrí volando
desde las entretelas de la separación
hasta mi boca.
¿Y fue con luz como vacié este cofre lleno de ojos,
ojos como bordes de alarido, como semillas
finales en la lengua del custodio?
¿Llora el heraldo que no he de nombrar?
¿Qué mundo no traiciona a la palabra?
Altísimo este bosque y traslúcido el vértigo,
ellos piden entrar por las murallas.
Tal vez un temblor mojado acabe con la historia.
Me adelanto al ascenso.
Vas a ver las llagas y sus crías.
Es necesario que así sea.

 

Buenos Aires, enero de 2001
Manuel Lozano

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JUAN JOSÉ ARREOLA


Vio a la humanidad que buceaba, que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido. Cada hombre que nacía era un probable salvador; cada muerto era una fórmula fallida.
Juan José Arreola, Confabulario


In memoriam

I

¿El verbo y el hambre son teatro
que desencastra en música hacia nadie?
Alcoholes de un barniz fosforescente,
babas de la placenta, piojos de la razón
decían

                                   nadie es el fuego
                                   nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.
Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.
Éste es el camino que te negó la sombra.
Memorias del corazón, la calle,
el enjambre de testigos invisibles,
gastan su fiebre y su desierto.
¿Por dónde irán las sobras de la herida
para buscar el tatuaje sumergido
en la escarcha de un mágico invierno
entre esas tribus que no te sospechaban?
Los jinetes se suicidaron allí.
Las telarañas mordieron
en el festín de los abatimientos
cada mantel de sangre.


II


¿Cómo se borra el yo en este laberinto
donde los ojos de Jesús ya se han secado?
¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales
nadando en las alturas su velo negro?


III


Los hocicos desentierran plantas calientes.
Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,
antiguas coronas del granizo de la trampa.
Le dabas la vida.
Le enumerabas el fracaso, noche a noche,
con ángeles de Migne y de Papini.


IV


Ya llega el ultraje.
Hierve el silencio,
¿boca estrellada contra las apariciones?
¿Quién dirá que no aúlla?

V

Ya llega el ultraje.
Ya llega el ultraje.
Los hierros exploran
inútilmente las vísceras.

VI


Progenie de lobas
no le preocupa el mar cayendo
hasta el vacío de la anunciación

                                   te arrojan a la transparencia
                                   el aire fue hielo ¿fue luz?
                                   el fuego no tiene orillas
                                   donde lamerte

Sequía
donde estallar en frío de almizcle,
me pregunta por los abismos del amor.
La hermosa clava su plumaje en la llanura.
Díselo.
En ese desván suplicaste una jaula.
¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?
Hambre sobre el verbo,
sacratísima hambre

                                   sobre la carne viva.


Buenos Aires, diciembre de 2001
(del libro Mansión Artaud)

Manuel Lozano

Juan José Arreola conversa con Manuel Lozano

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