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Alegría de la IX Bienal
Jorge
Guebelly Ortega
El
mejor homenaje al Huila en su centenario, lo acaba de tributar
el escritor huilense Winston Morales Chavarro con la novela:
DIOS PUSO UNA SONRISA SOBRE SU ROSTRO. No sólo
por ser el primer huilense en merecer el primer premio de
la BIENAL NACIONAL DE NOVELA JOSÉ EUSTASIO RIVERA,
evento cultural respetable, de envergadura nacional, producto
de la intuición lúcida y la persistencia granítica
del Dr. Guillermo Plazas Alcid, ni por coincidir el certamen
con la celebración de los 100 años del Departamento,
sino por la altura literaria de la obra en sí y por
lo que ella representa para nuestra juventud.
Leerla
es fundirse en un delicioso flujo de lenguaje exquisito, las
expresiones surgen en un permanente sabor de lozanía,
constantemente chispean nuevas percepciones del mundo, miradas
inéditas, por lo menos, poco comunes. Hojas tras hojas
palpita un mundo con deseos de revelarse. Un lenguaje que
oscila entre la poesía y la narración, entre
esta orilla y también en la otra, entre la duda y la
certeza, entre la reflexión y la nostalgia. Una voz
serena recorre la novela, un tono intimista nos decortica
una realidad inédita, discurso poblado de madurez que
nos garantiza la calidad del relato. La estructura resulta
impecable, la composición se construye a partir de
la música de Coldplay, ritmo ascendente de capítulo
en capítulo, movimiento de la tierra al cielo, de la
ignorancia a la lucidez. Cada capítulo titula con el
nombre de una canción, por supuesto en inglés,
en el original, hasta alcanzar, en el noveno título,
las maravillas del clímax. Felizmente se complementa
cada capítulo con una carta al padre, procedente de
Irlanda, la tierra del poeta William Butler Yeats. La acción
se disminuye en favor de la poesía, por todas partes
se filtra la presencia del cosmos, la armonía de los
sonidos, los aromas, las luces. Y lo más sorprendente:
la presencia de la Muerte. Ella viene con un rostro distinto,
ha perdido la parafernalia del terror, su horroroso cortejo
de mentiras, la muerte con sentido de esclavitud. Un bello
relato que, bien asimilado, nos libera de la ignorancia sobre
la Muerte, esa detestable tiranía a que nos somete
la cultura de occidente. Porque Ella, la Muerte, regresa con
su naturaleza primigenia, con la misma transparencia como
la vieron los místicos de oriente y de occidente, con
la misma limpieza como nos la presentó Tolstoi en su
cuento "La Muerte de Ivan Ilich". Ella no es más
que luz, un baño infinito de luz, no luz mineralizada
de las bombillas eléctricas, sino luz invisible de
la conciencia, luz transparente del paraíso, donde
residen los contrarios reconciliados. Dios es un guerrillero
al mismo tiempo que un soldado, se ha quebrado la percepción
fragmentada, la serpiente vuelve a rondar para ver terminada
la obra, "Gracias a Eva, dice Winston, conocemos el envés
de la moneda y su máscara". Al final, el amor
y la muerte se funden, los retozos eróticos con una
niña de su adolescencia se quiebran por la falsa avalancha
de Betania, momento en que experimenta la muerte física,
abandono de todos los desaciertos sociales, asepsia esencial
del ser, muerte y libertad y amor. Todo en la misma cúspide
de la existencia. Como para quitarse el sombrero y exclamar:
Winston, muchas gracias por la novela, esperamos la otra.
Jorge
Guebelly Ortega

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