Winston Morales Chavarro        
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Dios puso una sonrisa sobre su rostro
Winston Morales Chavarro
   
   
     

Sonrisas sobre los rostros que los caníbales no desfiguraron

Heider Rojas

 

Que Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales haya ganado la Bienal de Novela José Eustacio Rivera —en versiones anteriores fueron premiados escritores como Marco Tulio Aguilera Garramuño y Octavio Escobar Giraldo— no fue para mí una sorpresa. No sólo porque conocía bien la novela —su primer borrador lo recibí cualquier tarde por e-mail y me dejó frío esa misma noche que lo leí entero—, si no porque hemos tenido la fortuna de acompañar el rápido y fructífero ascenso de Winston, desde cuando publicó sus primeros poemas en el número 4 de Índice de Literatura por allá en el 96.

Antes de la Bienal había ganado otros premios, entre esos uno sin duda mucho más codiciado en el ámbito literario que la propia Bienal: el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, con Memorias de Alexander de Brucco, un libro realmente singular, bello, distinto en el panorama de la asmática poesía colombiana, y que seguramente no más de siete huilenses habrán leído, y yo creo que entre esos ningún profesor de las universidades que prosperan fabricando profesionales de molde en el Huila —al menos ninguno se ha pronunciado, que yo sepa.

No es mi interés en estos cortos párrafos entrar en detalles sobre la novela de Winston. Lo que quiero es invitar a que la compren. A muchos les gustará y a otros no; eso es lo normal para una obra que se aleja de los parámetros usuales. No puede ocultarse que para degustarla mejor hay que tener alguna afinidad con su tema —el amor vecino de la muerte o la muerte tamizada con amor—, cierto gusto por la música que es atronadora aun a bajo volumen, y mucho de estar dispuesto a dejarse arrastrar por pasiones sencillas pero radicales: como apreciar más en una mujer sus pies que los labios llenos.

Y quiero dirigirme a los señores caníbales que seguramente ya estarán pensando en el número de obras que se presentaron a la bienal y en once o doce explicaciones fáciles, fincadas en detalles menores, para engullirse la novela. Hace unos cuantos años —¿en el 99, tal vez?— uno de nuestros escritores de la generación anterior afirmó en una entrevista, con total convicción, que en el Huila no había jóvenes escritores y en particular narradores; los de su generación se devoraron entre ellos y los feroces que quedan —confieso que Benhúr Sánchez, con quien usualmente no hablo pero lo he leído completo, ha sido siempre una excepción— pretendieron devorar a la nuestra. Por su parte, de las universidades de la región no se ha conocido ninguna actitud crítica seria, orientadora —no hemos esperado que sea de acogida—; los profesores —habrá excepciones, pero silenciosas— prefieren ocupar su tiempo en estuprar a las muchachitas más lindas —actividad que como dije algún día en sí misma no les censuro, porque estuprar niñas lindas mayores de edad no es delito y alienta; pero no es para eso que el Huila les paga. Cuando alguno de esos profesores ha hablado de algo distinto que de promesas falsas de amor ha sido para descalificar de plano.

Ahí están, señores caníbales y profesores estupradores, obras como Diez moscas en un platico con veneno, de Jáder Rivera, y Memorias de Alexander de Brucco y Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales, textos modernos, muy distintos a los de sus antecesores. Yo he leído a unos y a otros y no pretenderé compararlos, porque responden a preocupaciones de momentos diferentes.

Quien esté enterado de lo que ha venido ocurriendo en estos últimos años sabrá que el premio de Winston no es fruto de la casualidad. Él tiene otros libros antes, Dios puso una sonrisa sobre su rostro es parte de una obra en marcha, que lentamente va siendo objeto de reconocimientos —no pienso tanto en los premios, lo hago más en la difusión de la obra—, principalmente fuera del Huila y del país. Y eso me mueve a pedir que lo rodeemos, que lo estimulemos, que exhibamos y difundamos su obra y le reconozcamos sin pequeñeces el lugar eminente que ya le pertenece. Pido que los periódicos le abran sus páginas en condiciones dignas —dos periódicos circulan a diario en Neiva sin la columna estable de un escritor; eso es otra vergüenza—, pido que las universidades y las instituciones de la cultura lo acojan. Que el Huila lo sienta suyo; a él y también —por citar sólo a otros nacidos en los sesentas— a Jáder Rivera, a Betuel Bonilla, a Gerardo Meneses, a los poetas y narradores que están escribiendo en silencio y sin estímulos pero con terquedad y con fuerza. Hacerlo es necesario para que no desistan, para que no los venza el desánimo y sigan escribiendo y regalándonos libros originales como Dios puso una sonrisa sobre su rostro. Creo con firmeza que pueden venir otros libros tanto o más importantes.

 

Heider Rojas

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