Winston Morales Chavarro        
    Reseñas
Dios puso una sonrisa sobre su rostro
Winston Morales Chavarro
   
   
     

A manera de exordio:
El misterio de la existencia
o la estética de incertidumbre

Emilio Ballesteros Almazán

 

Todo ES por el recuerdo, todo se debe, se restablece, se configura en la masa esotérica de un numen sideral —nos dice en una de sus reflexiones el protagonista de la novela. Y como si esa declaración de principios revertiera sobre el propio artificio del relato, la subjetividad va a marcar el desarrollo de los hechos. Con el contrapunto objetivo de las cartas encontradas en la maleta de la muchacha muerta y un par de anotaciones al margen de la narración en primera persona del protagonista (la nota de prensa de la agencia S en Bogotá y el pasaje en que se constata la experiencia del agente F. Muñoz en Villa M y su recuerdo de un servicio en Algeciras en el que el azar lo libró de la muerte que esperaba a sus compañeros a manos de la guerrilla), toda la novela se sustenta sobre los recuerdos y las reflexiones del protagonista. Lo que viene a redundar en las propias ideas de éste, que no valora tanto los hechos objetivos, discutibles en su "realidad", cuanto las propias interiorizaciones de los mismos.

La vida como juego de espejos (los mismos por los que desaparece el piquero de patas azules o en los que el protagonista no se refleja, como si de un vampiro o un espectro se tratase). Universos paralelos que se cruzan, dimensiones extrañas en las que el espacio—tiempo se curva y el niño X, asesinado por el propio narrador sin que el hecho ocasione el más mínimo eco en su entorno, se confunde con su sucesor x (niño también y parecido al anterior) como "amadrinado" y amante de la vieja profesora de matemáticas o con el propio amante de la esposa del protagonista al que éste consiente en secreto sus relaciones… La realidad confundiéndose y cruzándose, cambiando siempre como los cuantos de energía y supeditada al enfoque del sujeto que observa. Tal como diría la moderna física cuántica, es el principio de incertidumbre el que rige todo y nada puede ser analizado al margen del que observa que, necesariamente, influye en lo observado. Y no olvidemos que, al fin y al cabo, tal y como Frijot Capra explica en su libro "El tao de la física", la ciencia occidental está empezando a descubrir (por una vía diferente) cosas que en Oriente las distintas místicas ya sabían hace mucho tiempo: el tao, el zen o el sufismo (la mística que más ha influido en el pensamiento occidental, como demuestran autores como Asín Palacios, Robert Graves o Idries Shah, aunque occidente, prisionero de sus prejuicios racionalistas y prepotentes, haya desvirtuado muchos de sus conocimientos aprendidos)

Realidad al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la existencia y acude al valor supremo de la muerte como camino y transición, y también como culmen de la vida (el orgasmo cósmico en que se fusionan la oscuridad y la luz, en palabras del protagonista). Límite incluso en las relaciones sexuales, repletas de morbidez, que incluyen desde el adulterio consentido hasta la necrofilia y el sexo con el cadáver de 70 años de la que fue su amante en vida (y ésta tenía cuarenta años más que él). Experiencias anómalas en un mundo sin certidumbres en el que una chica joven y hermosa que yace en La Morgue guarda en su maleta discos (todos de Coldplay) y cartas a su padre escritas desde Irlanda en las que habla de William Butler Yeats o del abatimiento que le ha producido un atentado terrorista en Bogotá, apenas unos días antes de morir ella y que el narrador (y protagonista, no lo olvidemos) ve en ella a otra chica que murió a su vez víctima de otro atentado en Villa M. La realidad cotidiana, de nuevo, más incompresible, más irracional, más incierta que el extraño mundo de misteriosas "otras orillas", supramundos y universos paralelos en el misterio de la existencia.

Sinestesias que superan lo racional (Mi padre aseveraba que el hombre de antaño poseía una extraña fusión de sentidos cuyo propósito final se confinaba en un sentido suprasensorial que captaba el lenguaje cifrado de las cosas). Escatología en sus dos acepciones: la relacionada con la trascendencia y la que se refiere a lo repulsivo. Ambiente gótico, barroquismo en el que a veces brilla un pincelazo de Calderón (la muerte como sueño, el sueño como muerte y ambos como vida), o uno del existencialismo de Camus (el destello del revolver hace recordar en cierta ocasión El extranjero), pero es, en conjunto, una narración inquietante y compleja que se adentra en los terrenos tanto de la psicología profunda como de la física moderna (la relatividad, la física cuántica…) y que, como en la ciencia más actual, tiene su paradigma principal en la incertidumbre y su fuerza singular en el misterio.

 

Emilio Ballesteros Almazán

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