|
Llovía
como nunca.
Me
encontraba en la avenida Corrientes, entre Rodríguez
Peña y Montevideo, y pensaba refugiarme bajo
el techo de una librería que cubría parte
de la vereda cuando alguien se acercó y me dijo:
¿Puede decirme qué hora es?
Ya estaba mirando mi reloj cuando el desconocido volvió
a hablarme:
¡Dios mío y Señor mío,
te reconozco! ¿Qué haces aquí,
debajo de los cielos sin salida de la terrible tempestad?
¿Perdón?
Tú eres mi Señor, alabado seas.
Disculpe, no entiendo a qué se refiere,
pero seguramente usted se equivoca.
¡Oh, mi Dios quiere probarme, pero yo, Manuel
Lombardo, estoy contento! ¡Aleluya!, porque mi
Fe es fuerte y yo no dudo de Ti, ¡mi amado Dios,
mi Mesías, Señor Salvador del mundo, Cristo
vivo entre los muertos...
El hombre se arrojó al suelo, hundió su
cabeza en el agua que había inundado el lugar
y se puso a besar mis zapatos.
¡Levántese!
Le grité ¡¿Por qué
hace eso?!
Señor me dijo desde el piso,
te ruego que me bautices con el agua bendita que corre
por la orilla de tus pies.
Yo estaba muy confundido y ya no sabía qué
hacer con aquel loco. Le dije:
No sé qué quiere; no puedo bautizarlo,
mejor hágalo usted.
Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y
vienes Tú a mí? Está bien,
que se haga tu voluntad; soy tu humilde servidor, Jesús,
Hijo de Dios, Luz que alumbra al universo...
Atemorizado por el comportamiento extraño de
aquel hombre, escapé raudo, bajo el aguacero,
corriendo entre los autos por Corrientes hacia Callao.
Me
llamo Martín de Zárate, tengo treinta
y tres años y tres pasaron ya desde aquel incidente.
Aunque aquello realmente me afectó durante un
tiempo podría decir que casi lo había
olvidado. Hasta que ayer esta siniestra historia me
acometió nuevamente.
En el diario de ayer a la mañana se cuenta sobre
una secta que ha construido un gran santuario en Lanús
Oeste, a orillas del Riachuelo. El culto es profesado
por unas quinientas personas y su líder espiritual
fue arrojado esta semana a las aguas del río
por una patota que lo asaltó a pocas cuadras
del templo. El hombre se llamaba Manuel Lombardo.
Algunos
testigos contaron que la víctima quiso predicar
su Fe a los ladrones, invitándolos a que se dejen
bautizar por él en las aguas del Riachuelo. El
diario transcribió la declaración de uno
de los testigos:
"Un
señor, de unos sesenta años, hablaba con
cinco hombres que lo asaltaron en una de las márgenes
del Riachuelo; les hablaba algo de Dios, pero los hombres
se burlaron de él, le pegaron, y escupiéndole,
tomaban la caña y le herían con ella en
la cabeza, luego lo arrojaron al agua y escaparon
en distintas direcciones".
Dicen
que aún no fue hallado el cuerpo de la víctima
pero que varios buzos de Prefectura Nacional seguirían
buscándolo en las próximas horas.
Lo que más me alarmó fue la parte de la
nota que refería a las particularidades del culto:
"El
señor Manuel Lombardo, pastor y líder
de la secta "Gotas de agua", ha establecido
un extenso dogma basado en creencias sobre el clima,
particularmente en las lluvias, y ha predicado durante
los últimos tiempos la venida del Santísimo,
a quien dijo conocer hace tres años en Buenos
Aires, en la avenida Corrientes, entre Rodríguez
Peña y Montevideo."
Aterrorizado, leí más adelante el reportaje
a uno de los fieles de la secta:
"El
Hermano Manuel nos dijo en un sermón que hay
un hombre, encarnación de Dios vivo, que habita
en la ciudad y que permanece oculto entre nosotros,
pero llegará el día, o la noche, en que
retorne vestido de gloria para bañar las cabezas
de sus fieles con el agua bendecida del cielo. Aún
no puede revelarse su identidad, pero Manuel Lombardo
le ha comunicado a algunos sacerdotes de nuestro culto
la verdad, para que estén preparados. Yo no conozco
el nombre de la persona que encarna a Dios, pero, como
le dije anteriormente, algunos de mis hermanos sí
lo saben y auguran, señor periodista, una nueva
maravillosa que a través de usted quisiera comunicar
a todo el mundo: la muerte de Manuel, primer mártir
de nuestra Iglesia, anuncia la pronta llegada del Salvador".
Estaba estremecido. No tenía dudas: yo era el
dios que estaban esperando. Y ahora ya no se trata solamente
de un loco, ahora era un ejército de fanáticos
los que me buscaban.
Me
había convertido en dios contra mi voluntad.
Debía
alejarme de esa gente que quería adorarme pensé.
Tenía que huir y ocultarme cuanto antes: pasar
el resto de mi vida encerrado y solo era mejor, no tenía
dudas, que caer en las manos de mis fieles.
Tenía
mucho miedo de ser Dios.
Encerrado y angustiado pasé el resto del día
y toda la noche sin dormir y me atormentaban todas las
ideas. En un momento, intentando calmarme a mí
mismo, me dije que no había por qué temer,
puesto que era imposible que esas personas supieran
dónde vivía. Además, el único
que me había visto, el tal Manuel Lombardo, ahora
estaba muerto, así que, desafiando mis temores,
decidí hoy muy temprano a la mañana salir
a la calle a dar una pequeña vuelta. Además
a esa hora la calle estaría casi desierta. Y
yo, la verdad, no soportaba más mi cabeza: necesitaba
aire. Así pues, abrí la puerta de mi casa
y salí a la calle.
Y
fue una decisión equivocada: a una cuadra de
mi casa, no entiendo cómo, un grupo de aquellos
hombres me interceptó y me metieron a la fuerza
en un auto.
Ahora,
voy viajando junto a ellos.
Todos
permanecemos en silencio; yo no me atrevo a preguntarles
nada. Estamos viajando por el sur de la ciudad y llueve
mucho. Ya cruzamos el río por Puente Alsina y
ahora lo bordeamos del lado de provincia.
Alguien, por fin, habla:
Llegamos.
Detienen el auto, destraban las puertas y me obligan
a bajar.
La tormenta parece encarnizada con nosotros.
Uno de ellos me dice:
Somos los hermanos de Manuel Lombardo. Él
nos ha dicho sobre usted: "Y me mostró
un río de agua de vida, clara como el cristal,
que salía del trono de Dios y del Cordero".
Todos
ellos me miran y detrás de la cortina de gotas
de agua que cae incesante, veo sus ojos desorbitados
y dementes.
Tengo miedo de que me arrojen al Riachuelo.
|