Juan Diego Incardona. Índice.        
    Juan Diego Incardona      
     
     
   
Serie de cuentos proféticos
   
  El dios involuntario    
         
 

Biografía

Obra en prosa:

 

Llovía como nunca.

Me encontraba en la avenida Corrientes, entre Rodríguez Peña y Montevideo, y pensaba refugiarme bajo el techo de una librería que cubría parte de la vereda cuando alguien se acercó y me dijo:

—¿Puede decirme qué hora es?

Ya estaba mirando mi reloj cuando el desconocido volvió a hablarme:

—¡Dios mío y Señor mío, te reconozco! ¿Qué haces aquí, debajo de los cielos sin salida de la terrible tempestad?

—¿Perdón?

—Tú eres mi Señor, alabado seas.

—Disculpe, no entiendo a qué se refiere, pero seguramente usted se equivoca.

—¡Oh, mi Dios quiere probarme, pero yo, Manuel Lombardo, estoy contento! ¡Aleluya!, porque mi Fe es fuerte y yo no dudo de Ti, ¡mi amado Dios, mi Mesías, Señor Salvador del mundo, Cristo vivo entre los muertos...

El hombre se arrojó al suelo, hundió su cabeza en el agua que había inundado el lugar y se puso a besar mis zapatos.

—¡Levántese! —Le grité— ¡¿Por qué hace eso?!

—Señor —me dijo desde el piso—, te ruego que me bautices con el agua bendita que corre por la orilla de tus pies.

Yo estaba muy confundido y ya no sabía qué hacer con aquel loco. Le dije:

—No sé qué quiere; no puedo bautizarlo, mejor hágalo usted.

Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y vienes Tú a mí? Está bien, que se haga tu voluntad; soy tu humilde servidor, Jesús, Hijo de Dios, Luz que alumbra al universo...

Atemorizado por el comportamiento extraño de aquel hombre, escapé raudo, bajo el aguacero, corriendo entre los autos por Corrientes hacia Callao.

Me llamo Martín de Zárate, tengo treinta y tres años y tres pasaron ya desde aquel incidente. Aunque aquello realmente me afectó durante un tiempo podría decir que casi lo había olvidado. Hasta que ayer esta siniestra historia me acometió nuevamente.

En el diario de ayer a la mañana se cuenta sobre una secta que ha construido un gran santuario en Lanús Oeste, a orillas del Riachuelo. El culto es profesado por unas quinientas personas y su líder espiritual fue arrojado esta semana a las aguas del río por una patota que lo asaltó a pocas cuadras del templo. El hombre se llamaba Manuel Lombardo.

Algunos testigos contaron que la víctima quiso predicar su Fe a los ladrones, invitándolos a que se dejen bautizar por él en las aguas del Riachuelo. El diario transcribió la declaración de uno de los testigos:

"Un señor, de unos sesenta años, hablaba con cinco hombres que lo asaltaron en una de las márgenes del Riachuelo; les hablaba algo de Dios, pero los hombres se burlaron de él, le pegaron, y escupiéndole, tomaban la caña y le herían con ella en la cabeza, luego lo arrojaron al agua y escaparon en distintas direcciones".

Dicen que aún no fue hallado el cuerpo de la víctima pero que varios buzos de Prefectura Nacional seguirían buscándolo en las próximas horas.

Lo que más me alarmó fue la parte de la nota que refería a las particularidades del culto:

"El señor Manuel Lombardo, pastor y líder de la secta "Gotas de agua", ha establecido un extenso dogma basado en creencias sobre el clima, particularmente en las lluvias, y ha predicado durante los últimos tiempos la venida del Santísimo, a quien dijo conocer hace tres años en Buenos Aires, en la avenida Corrientes, entre Rodríguez Peña y Montevideo."

Aterrorizado, leí más adelante el reportaje a uno de los fieles de la secta:

"El Hermano Manuel nos dijo en un sermón que hay un hombre, encarnación de Dios vivo, que habita en la ciudad y que permanece oculto entre nosotros, pero llegará el día, o la noche, en que retorne vestido de gloria para bañar las cabezas de sus fieles con el agua bendecida del cielo. Aún no puede revelarse su identidad, pero Manuel Lombardo le ha comunicado a algunos sacerdotes de nuestro culto la verdad, para que estén preparados. Yo no conozco el nombre de la persona que encarna a Dios, pero, como le dije anteriormente, algunos de mis hermanos sí lo saben y auguran, señor periodista, una nueva maravillosa que a través de usted quisiera comunicar a todo el mundo: la muerte de Manuel, primer mártir de nuestra Iglesia, anuncia la pronta llegada del Salvador".

Estaba estremecido. No tenía dudas: yo era el dios que estaban esperando. Y ahora ya no se trata solamente de un loco, ahora era un ejército de fanáticos los que me buscaban.

Me había convertido en dios contra mi voluntad.

Debía alejarme de esa gente que quería adorarme —pensé—. Tenía que huir y ocultarme cuanto antes: pasar el resto de mi vida encerrado y solo era mejor, no tenía dudas, que caer en las manos de mis fieles.

Tenía mucho miedo de ser Dios.

Encerrado y angustiado pasé el resto del día y toda la noche sin dormir y me atormentaban todas las ideas. En un momento, intentando calmarme a mí mismo, me dije que no había por qué temer, puesto que era imposible que esas personas supieran dónde vivía. Además, el único que me había visto, el tal Manuel Lombardo, ahora estaba muerto, así que, desafiando mis temores, decidí hoy muy temprano a la mañana salir a la calle a dar una pequeña vuelta. Además a esa hora la calle estaría casi desierta. Y yo, la verdad, no soportaba más mi cabeza: necesitaba aire. Así pues, abrí la puerta de mi casa y salí a la calle.

Y fue una decisión equivocada: a una cuadra de mi casa, no entiendo cómo, un grupo de aquellos hombres me interceptó y me metieron a la fuerza en un auto.

Ahora, voy viajando junto a ellos.

Todos permanecemos en silencio; yo no me atrevo a preguntarles nada. Estamos viajando por el sur de la ciudad y llueve mucho. Ya cruzamos el río por Puente Alsina y ahora lo bordeamos del lado de provincia.

 

Alguien, por fin, habla:

—Llegamos.

Detienen el auto, destraban las puertas y me obligan a bajar.

La tormenta parece encarnizada con nosotros.

Uno de ellos me dice:

—Somos los hermanos de Manuel Lombardo. Él nos ha dicho sobre usted: "Y me mostró un río de agua de vida, clara como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero".

Todos ellos me miran y detrás de la cortina de gotas de agua que cae incesante, veo sus ojos desorbitados y dementes.

Tengo miedo de que me arrojen al Riachuelo.

 

   
     
     
     
     
     
     
     
     
                                                           

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